domingo, 23 de septiembre de 2012

Suerte


Suerte


El domingo, después de otra derrota de su equipo, parecía que había terminado exactamente a las 17 hs. Deambulaba por la casa, de la biblioteca a los discos, de la cocina al baño, del comedor al patio. Así pasaba la tarde perdida, esperando la condena del lunes, recordando que en cualquier momento volvería su esposa y sus hijas, de ese break que se dan de vez en cuando para descansar de su rutina.
De repente se acordó de algo: -“Hoy es el sorteo”- dijo, hablando solo porque estaba solo. Ni siquiera el gato pudo oírlo, porque lo detestaba y cuando su mujer no estaba, lo confinaba al balcón de una soberana patada. Buscó entre sus documentos el ticket, y buscó en qué canal de tv daban la transmisión de la lotería.
La encontró casi de casualidad, cuando se  topó con el peluquín del inefable presentador, tan patético como la facha que llevaba. Se rió con ganas, cosa que solía hacer cuando estaba solo, con esa risa estúpida que solía compartir con los amigos, hace una vida atrás.
Por cábala, ni revisó los números. Dejaría que el hombre canté uno a uno los sorteados, y después se fijaría cuál fue su suerte. Estaba convencido de que lo que hacía, era solo otra forma de pasar esa interminable tarde, nada más. Así, terminando la última cerveza, escuchó el final, el cartón ganador, el resultado definitivo: 02-03-13-19-25-32.
Sonrió de costado, porque recordaba el 2, el 3 y el 13 en su comprobante. De a poquito fue desdoblándolo, con una mano y sin mirar. Con la otra empinaba la cerveza hasta que quedó vacía. Cuando bajó la vista, el papel estaba perfectamente visible, y pudo ver que los números que el recordaba estaban ahí. Y el 19, el 25 y el 32, también.
Por unos segundos, se quedó detenido en ese insignificante boleto. Ahí estaba el final de todas sus preocupaciones pasadas. Las deudas, el auto en el taller, la casa que se estaba deteriorando lenta e inevitablemente. La universidad de sus hijas. No laburar más de eso que no le gustaba. Divorciarse si eso era lo que hacía feliz a su mujer, a quién amaba, pero ya casi no se reconocían en esos jóvenes que fueron, tan enamorados y perfectos. -Ya está-se dijo casi a los gritos.
Y cuando la sensación esa lo empujaba a un festejo totalmente descontrolado, algo más le apareció en la mente, como una señal que titilaba:-¿No es demasiado dinero?-Y eso lo aterró. Cinco millones de dólares era una suma que jamás hubiese estado en sus planes. ¿Qué podía comprar? ¿La iba a poder gastar en esta vida? ¿Adónde debería irse a vivir para vivir seguro? ¿Y sus hijas, tendrían la libertad que tienen ahora, de jugar en la vereda de la casa de la abuela? ¿Adónde iba a poner esa cantidad de guita, e un banco, para que esos hijos de puta se la choreen? ¿Y qué iba a hacer su mujer con la mitad de esa plata cuando se divorcien, mantener aun boludo para que la atienda? ¿Encima le tengo que bancar los chongos?¿Como ir a visitar a mis amigos a la villa en la que nací, sin que piensen que soy un hijo de puta por no comprarles una casa a cada uno?¿Entenderán que no soy un hijo de puta si no voy más?¿Qué tipo de gente se va a codear conmigo?¿Quiénes serán los garcas que compartirán las reuniones de padres en el colegio privado al que por seguridad deberé enviar a mis hijas?¿Qué hago con mi ropa vieja?¿Qué ropa debo vestir ahora, para que me tomen en serio?
Una angustia fulminante le oprimía el pecho al punto de que parecía estallarle. Cuando escuchó el sonido de la llave en la puerta del frente, saltó del sillón del susto. Del mismo envión fue a abrir la puerta del balcón, para que el gato roñoso vuelva a entrar. Cuando sus hijas corrieron a darle un beso, su rostro desencajado se acomodó un poco.
Su mujer lo miró fijo, el aferrando el ticket con su mano transpirada.
-¿Qué tenés ahí, Gordo?- le dijo sin importarle demasiado.
Esta era la oportunidad de su vida, demostrarle la suerte que había tenido ella, la más linda  del barrio cuando lo eligió a él, que solo tenía sueños y chamuyo. Apretó fuerte esa mano transpirada, hizo un bollito el ticket y lo embocó en el cesto desde casi dos metros.
-¡Doble!-gritó, antes de concluir-Nada mi amor, un papelito que encontré.-
La abrazó de atrás mientras ella acomodaba las compras del súper, le besó la mejilla y se sonrieron mirándose a los ojos. Y se dijeron algo que se repetían desde siempre, una broma adolescente, casi al unísono.
-Que suerte que tenés de haberme conocido-
Y ella agregó:
-Si tuvieses plata, serías perfecto-.



“Pronto llegará, 
El día de mi suerte 
Sé que antes de mi muerte 
Seguro que mi suerte cambiará
 
“El día de mi suerte”, Héctor Lavoe




martes, 18 de septiembre de 2012

Muñequita


Muñequita

Esa mueca parecía una sonrisa. Claramente no lo era, y ella tampoco era quien solía ser. Por esos labios habría matado cualquiera, hasta yo que cuando muero ya no es por amor. Todos los pibes del barrio enloquecieron cuando ella irrumpió en escena, la nena dulce pasó a ser una bestia caníbal, que se alimentaba con los corazones rotos que iba dejando a su paso.
En ésa época, había dos formas de destruir el alma de un chico de barrio entregado al amor: La mujer podía no darle bola, lo que provocaba cierta angustia que les hacia replantearse si valía la pena vivir; o había otra peor: Darle bola, para que el tiempo les demostrase que ése amor estaba condenado al fracaso más rotundo, el inevitable.
Bueno, ella era una de las que se decidían por la segunda opción. Y así, una murga a contramano de amantes abandonados rondaban su esquina para verla irse con otro, para auto consolarse unos con otros en eternas borracheras de vino en damajuana, cervezas calientes, porros berretas. Y ese malvivir los eternizaba como perdidos, como escoria, como irrecuperables. Ella había triunfado en su naturaleza.
Pero como nada dura para siempre, y la belleza es sinónimo de juventud casi inexorablemente, ella era hoy esa mueca que me sorprendió ver. Y la sorpresa provenía de la familiaridad de un rostro que me recordaba a quien insistía ser, pero no era. Como cuando soñamos que estamos con alguien pero no es, en un lugar que parece y no es, y ni siquiera nosotros somos nosotros. Así nos cruzamos, yo inmune porque nunca pertenecí al séquito adorador de su belleza. Ella, impávida porque nunca registró mi existencia en aquél entonces, y hoy yo no era ni siquiera un recuerdo en su existencia.
Así la vi, perdida como acostumbraba dejar a los muchachos que engatusaba, con la vida como una mochila pesadísima que ralentizaba sus pasos, con ese grupo de nenes alrededor que le reclamaban una atención que no estaba dispuesta a prestar. Como un detalle anacrónico, su maquillaje ocultaba más sus desesperados intentos por detener el paso del tiempo, que ocultar el mismo. Los ojos buscando algo que sabía no podía encontrar; la mente en una labor casi antropológica buscaba al último ser humano que amó. El corazón, nada: Nunca tuvo.
Ella, la Muñequita de mi barrio se creía aún altiva, soberbia, imponente. Pero era su propia caricatura. Como una venganza no ejecutada, porque los verdugos no se atreverían a dañarla. Como la justicia que nunca llega, y suele ser la pesadilla de los culpables.
Así fue la sensación de darme cuenta de que yo sería fiel reflejo de esa decadencia, que tampoco podría haber evitado ser mi caricatura.



“Campaneá la ilusión que se va
y embrocá (*) tu silueta de rango,


y si el llanto te viene a buscar
escurrí tu dolor y reí...”
 “Muñeca Brava”,  Letra: Enrique Cadícamo/ Música. Luis Visca

(*)-Embrocá: Observá detenidamente.

lunes, 10 de septiembre de 2012

Insomne


Insomne

C
ruzando la estación a las 3 de la mañana, de la 24 para la 844.Algunas luces, pero todo cerrado. Viendo todo a estas horas, con los carteles como señales que no se divisan cuando el gentío inunda la ciudad, tiene su encanto. Es una ciudad extraña, tan cordial como repulsiva, con amigos por todos los rincones, que aleatoriamente se confundirán con parientes en algún momento, primos lejanos, ex cuñados, padres de sobrinos. Todas relaciones inútiles (¿hay algo más inútil que un cuñado, como tal?) que se tornan relativamente significativas cuando te sirven para zafar de un choreo, para conseguir un trago más o para que ésa piba al fin te dé cabida para iniciar una charla en plan levante…
Encanuto el reproductor de música, por si las moscas. Es fácil poniéndolo en algún bolsillo interno de la campera de jean, cerca del DNI para conformar al cana si te para a preguntarte adónde vas o de dónde venís, que parece ser la única duda de un cana cuando para a un pibe que no presenta ningún trastorno evidente, más que el insomnio y la estúpida idea de salir a caminar a esas horas a escuchar música. Tengo la idea de que soy el único que tiene esos mambos, aunque hay un par de pirados que me cruzo, a los que les adivino los auriculares entre el pelo largo, algo tan común entre locos por estos lares, y me miran fijo como yo los miro a ellos, con cara de “No me vas a querer chorear, boludo, que no tengo nada…”.O por ahí es gente que viene o va a laburar, y yo los confundo con la legión insomne. Las veredas son un juntadero de papeles, bolsas, cartones, botellas que van intercambiando posiciones según las mueva el viento, que levanta una tierra que te hace dar vuelta la cara porque hay tierra, mucha tierra. Es que salvo casos aisladísimos, mi ciudad es una ciudad de calles de tierra, de zanja y pasto bordeándolas. Y canchas de fútbol de todos los tamaños, con un césped ausente en todas ellas.
Pienso que hacer y todo lo que se me ocurre incluye molestar a alguien, así que desisto. Tendré que seguir caminando hasta que las pilas aguanten, o pasarlo a radio y darle un poco mas de vida. Pero las FM truchas invaden mis frecuencias preferidas con sus promesas de vida eterna y pecados perdonados, todo a cambio de un simple y perfecto trato: Alma y diezmo de mi parte, y el resto me lo solucionan ellos.
Volver por el Club ni loco, a esta hora ya están todos re locos y no engancho el cuelgue. Y hoy es martes, no tengo ganas de escabiar. Mañana no tengo nada que no pueda posponer, suspender o pasar por alto, pero yo ya elegí y no es lo que quiero hoy. Bah, elegir, lo que se conoce como elegir es otra cosa, pero pongámosle un nombre. Así que decidido a realizar el paseo nocturno, salgo de la avenida para pasar por la esquina de la 840 y la 895. Increíblemente, cerca de esa esquina emerge un aroma cada madrugada que me encuentra en la calle que no puedo descifrar, por mi desconocimiento absoluto de la botánica. Es un olor suave, que surge desde unas flores blancas y una enredadera verde, que hace que ese tramo me lleve un tiempo prolongadísimo, por esos 10, 20 mts tardo cerca de un minuto, o me parece a mí que se detiene un poco el tiempo. Como dijo García Márquez al escuchar a Los Beatles por primera vez, “Estoy presenciando el nacimiento de mi futura nostalgia.”Y 
una vez superado el encantador sector, pasa lo inevitable: se acaba el lado del cassette, pero con cerca de 10 minutos de cinta muda Esa puta costumbre que tiene el gringo de “La Crypta” de grabar los discos como están editados, cuando 30 minutos de un TDK son suficientes casi para grabar “Furtivos”. Y eso significa el fin de mi paseo, porque no traje la Bic para rebobinarlo, y porque tampoco lo puedo hacer a esa hora en la calle, eso significaría seguramente mi inmediata internación. Y regreso a mi casa, a mi insomnio, y a pensar que este 1994 será igual al ´93, pero mejor que el ´95.



"La noche aspira a guardarme algún misterio
y como un extraño salgo a caminar. 
Por las calles silenciosas del suburbio va mi alma 
solitaria entre el mundo y las veredas viejas... "

Desnudo para siempre (o Despedazado por mil partes), Gustavo Nápoli





martes, 4 de septiembre de 2012

La leyenda de Celestino


La leyenda de Celestino

En los inicios de la popularidad del fútbol como deporte movilizante y multitudinario, surgió un mito, una leyenda que desembarcó de la Banda Oriental silenciosamente, como esos secretos que cuando explotan, pueden derrumbar un Imperio. Hoy vengo a echar un manto de luz sobre uno de los misterios más grandes de la historia del fútbol mundial.
Aunque nunca estuvo claro en qué club hizo sus primeras armas, Celestino Noel llegó al Club Central Argentino directamente para debutar en su primer equipo. Bajito, de un físico más bien económico, el domingo que salió a la cancha con el histórico equipo de La Paternal, no impresionó a nadie. Es más, no había casi nadie en la cancha. Central Argentino deambulaba por el fondo de la tabla con un mediocre plantel, sin técnico y con una dirigencia más afecta al truco y al escabio que al trabajo en los deportes en los que presentaba equipo federado. Pero ese día, cambió todo.
El Cricket Atletic Club de San Isidro era el último sub campeón, y si bien no arrastraba público porque su zona de influencia estaba dedicada a la práctica de deportes más nobles como el rugby o el golf, y por supuesto el cricket, ese día padeció la aparición de este crack en su fulgurante presentación.
Apenas comenzado el encuentro, el petiso pidió la pelota en la mitad de campo, y desde allí despachó un zurdazo que se incrustó en la unión poste-travesaño. El rincón de las ánimas. Adonde duermen las arañas. Así hubiesen contado el gol los relatores, pero no era época de transmisiones ni de coberturas generales. Los privilegiados testigos, se asombraron pero lo miraron de reojo. “Suerte de principiante”, dicen que dijo el arquero rival, ya que al no haber tribunas, los allegados o vecinos que ese domingo se acercaron de puro aburridos nomás a la cancha, tenían largas conversaciones con los protagonistas, sobre todo los arqueros, y sobre todo cuando el juego se desarrollaba en el campo del rival.
Pero no, siguió. Al finalizar el primer tiempo, Central Argentino ganaba 4 a 0, con tres goles de Celestino, y uno en contra de un defensor del Cricket, que desde la impotencia de correrlo desde el área rival sin poder sacarle la pelota, se arrojó desde atrás y pateó violentamente contra su valla, desacomodando a su goalkeeper.
Para el segundo tiempo, el crack bajó su rendimiento. Como quién dice, fue a menos. Un par de gambetas; algún caño; sombreritos y toques de tacón entretuvieron a los escasos asistentes, pero hicieron un poco menos humillante los números de la derrota del rival. Hay que decir que cada una de las jugadas que el fenómeno realizaba, era por una necesidad, jamás se burló de los rivales. Con su pelo revuelto y un poco largo, la delicadeza de sus rasgos, sus manos chiquitas que iban acorde a sus pequeños pies, el muchacho se había ganado la simpatía de los rivales, y el afecto sincero de sus compañeros.
Así, terminado el match, uno de sus compañeros, el capitán, el de mayor experiencia, se acercó a felicitarlo.
-¡Sos un fenómeno pibe! Ahora, te hago una pregunta: ¿Por qué fuiste a menos en el segundo tiempo? Podías haber hecho al menos 5 goles más…
Una voz suave, casi susurrando, le dijo algo que se ve salió de lo más profundo del player:
-No sé. Instinto maternal…-
Dicho esto, el prodigio se ruborizó ante la mirada del veterano centrojás. Tomó su bolso del precario vestuario, y desapareció entre los árboles del barrio junto con quién lo había traído, que se presentaba como su “asistente”, haciéndose llamar “El Tierno”. Y nunca más se supo de él.
El mito había nacido, aunque el jugador nunca más apareció. Dirigentes de clubes de todo Buenos Aires, y de Montevideo al enterarse de que se presentó como uruguayo, realizaron una infructuosa búsqueda, que abandonaron meses después, cuando empezaron a circular rumores qué ese partido nunca existió, que nunca hubo un tal Celestino, y que todo fue una maniobra de Central Argentino para sumar esos tres puntos ante el Cricket, quién habría vendido ese partido para que el club de La Paternal se quede un año más en la categoría. Todas historias creíbles: Central Argentino, sus dirigentes, tenían todos los vicios que se le atribuye a la burguesía argentina. Y el Cricket, todos los que se les imputan a la oligarquía…
Y se olvidó a Celestino, aunque no para siempre. Desde aquí lo recuerda un descendiente, que supo quién fue Celestino y a qué se debió su fugaz estrellato, su repentina desaparición. Y por eso, con todo orgullo le digo, desde esta humilde nota:

Gracias Abuela Celeste!!! Por el fútbol !!!Por la magia!!!

“La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, ¡ay Dios!…”
“Pedro Navaja”, Rubén Blades




viernes, 31 de agosto de 2012

Ventanas


Ventanas


Ella me vió primero, según me contó después. Yo solía estar mucho tiempo con mi guitarra cantando cerca de la ventana. Ella, algunas ventanas más arriba, dice que oyó algo que le interesó, una letra que hablaba de barrios y casitas bajas, con perfumes que le recordaban su lejana infancia. No lejana por el tiempo, si no por la distancia. No tengo que aclarar por qué el contacto directo era poco probable, aunque no imposible, ¿No? Pero eso no importaba, no al menos a nosotros pareció no importarnos.
Con un “Hola”, que yo tomé agradablemente porque no era habitual en mí comunicarme con el resto del mundo, digamos que comenzamos a conocernos. No en el sentido bíblico, no. Y tampoco la palabra es “conocernos”. Creo que nos “reconocimos”, recordamos cuál había sido nuestros encuentros anteriores. Recuerdos de cosas que no pasaron, de sueños quizás. De haber estado juntos en lugares que no estuvimos. De habernos acompañado en situaciones en los que la realidad nos mostraba solos. Todo eso surgió desde que un día yo me animé a encararla.
-¡Hola!- le devolví el saludo varios días después del suyo, el iniciático.-¿Cómo me conociste?- pregunté, entre idiota y simpático, si esa diferencia existiese.
-¡No te conozco! Me gustó lo que cantabas, me trajo hermosos recuerdos. ¿Sos cantante?- me preguntó con cierta inocencia. Era evidente hasta para mí que yo no era cantante, así que mi ego tomó impulso para reprimir al reaccionario que se sentía burlado, y con la más profunda calma le respondí:
-¡No! ¿No se nota? Soy locutor, pero trabajo en un puesto de diarios y revistas. ¿En serio te gusta lo que canto?- pregunté inflando el pecho y casi sacando medio cuerpo por la ventana.
-Bueno, esa canción sobre tu barrio sí. No he escuchado otras… ¡Perdón!- me dijo, y yo no sabía si pedía perdón por burlarse o porque se quería disculpar de que yo me sentía burlado. No importaba en realidad, ya no.
Desde ese momento, paulatinamente, sin prisa pero sin pausa, nuestras vidas fueron conformando una rutina diaria en común. Yo, siempre firme junto a la ventana con mis canciones, mi guitarra y mis mates para acompañarme. Ella, desde su inaccesible ventana, seguía con sus tareas habituales, pero siempre dando señales de que estaba atenta a mí. Se asomaba cada mañana para decirme buenos días, mientras yo le dejaba una canción de regalito. Cuando por la tarde volvía de mis tareas, allí estaba ella, que me seguía con la mirada y me acompañaba. No había noche en la que no se despidiese de mí, con un beso que dejaba caer, con un corazoncito que dibujaba en el aire para que yo lo viera. Y si, fue inevitable que me enamore perdidamente, como un chico. Y yo seguía cantándole a ella, con historias tan incongruentes que hablaban de Brujas; Cíclopes; futbolistas; tangueros; psicólogos y psicópatas; Reinas y Caballeros; Cowboys y bataclanas… Todo un Universo paralelo que inventé para nosotros, para estar en él y ser felices allí. Y ella respondía cada vez, siempre sorprendiéndome con regalitos insospechados, como avioncitos con cartas y dibujos que ella hacía pensando en nosotros. Vamos, el amor. Como dije, como dos chicos enamorados. Así días, semanas y meses.
Pero como todo lo que nos parece perfecto, en algún momento cambia. Un día, la ventana estaba cerrada. Yo cantaba, pero nadie se hacía eco. Ese día, nada de lo que hice surtió efecto. Hasta piedras tiré hacia el vidrio que de ella me separaba.
Otro día, al ver la ventana abierta empecé a cantar mi canción a los gritos, pero ví que una gris cortina impedía ver hacia adentro. Aunque no impedía que ella me escuche, entendí que no quería hacerlo. Y a pesar del golpe que significó que mi ilusorio amor, mi platónico amor me ignorase decidí que eso no iba a impedir que yo siguiese siendo en quién me había convertido. Y que nada iba a hacer que ella no me provoque cantar cada día, ni siquiera ella. Y que le iba a seguir cantando, para que me escuche, aunque no lo sepa, aunque no le importe. Y las letras seguirían hablando de un amor perfecto, porque su hermosura lo merece, aún distante y en el éter, como un fantasma. Porque sus ojos profundos son una ciénaga en la que me sumerjo y me olvido de que en el mundo hay pobres, hay hambre y guerras. Porque su voz aparece en mis sueños para decirme cada noche que me extraña, y que desea que me aparezca en su cuarto para abrazarla tan fuerte que le queden la huella de mis brazos marcados como cicatrices en su cuerpo. Porque esa boca solo inspira cerrarla con mi boca. Y porque, ¡Puta madre! Nada, ni ella va a impedir que yo sea feliz.
Aún en soledad, cantando para unas cortinas grises o una ventana alta y cerrada. Ella siempre va a escucharme, aunque sea en mis sueños. 
Aunque sea en los suyos.




I look at you all see the love there thats sleeping
(te miro a tí toda, veo el amor ahí que está durmiendo )
While my guitar gently weeps
(mientras mi guitarra gentilmente llora)

"While my guitar gently weeps", George Harrison



lunes, 27 de agosto de 2012

Solo


Solo

-¿Qué carajo hice? No puedo ser tan hijo de puta…-
Miraba al tipo con la cabeza destrozada por el balazo y no lo podía creer. Los ojos secos, perdidos. Y yo ahí, mirándome.
Si, el muerto era yo. Había decidido que yo era lo más importante que había en mi existencia, y estaba cansado de pelear por mí contra todo lo que se me enfrentaba cada día. Familia; trabajo; estudio; salud; hipoteca; religión; traiciones; decepciones; impotencia. Y mil millones más de conceptos que ahora me resultan estúpidos. Pero ya es tarde.
El escritorio está inundado de mi sangre. Los peritos hacen su laburo, mientras escucho que se cagan de risa por lo bajo sin darme demasiada importancia. Uno le reclama eso a la chica que está sacando fotos, y ella contesta algo irrefutable:”Si a él no le importaba él, ¿Por qué debería yo darle importancia?”. La miro con cierta resignación. Bueno, ¿quién puede estar más resignado que un muerto?
Siguen con su laburo, siguen hablando y riendo pero yo no los escucho, distraído contemplándome. Y ahí caigo que seguramente las personas a las que suponía aliviar, deben ahora cargar con algo que no tiene solución. Mi cadáver. Mi suicidio. Mi abandono. Y siento cierta angustia que había perdido, oculta por la insensibilidad de los últimos años. Y quiero llorar, pero no puedo.
Y me horroricé, eso sí que estaba dentro de mis actuales posibilidades. Esa sensación era algo que en vida jamás tendría, pero que ahora era mi máximo temor. ¿Qué soy? ¿Un fantasma? ¿Un alma en pena? ¿Estoy en el Limbo? ¿Alguien vendrá por mí? ¿Esto es parte del castigo Divino por haber tomado la decisión de terminar con mi vida? ¿O es parte del divertimento del Mal, disfrutando de otra alma ganada? ¿O no hay Dios, no hay Mal y no hay nada más que La Nada después de vivir? ¿Será esto La Nada, la Eternidad?
Todo esto pasaba mientras retiraban el cuerpo que había alojado la cosa que soy yo ahora, solo una consciencia espectral, sin posibilidad de ser visto, sin posibilidad de verme. De terminar lo que dejé inconcluso. De dar las explicaciones del caso a la gente que me importa. De empezar de nuevo.
¿Qué resta ahora? ¿Sentarme y esperar qué? Benditos los que enfrentan sus demonios. Benditos los que tienen los huevos para vivir. Benditos los que hicieron que hoy recuerde mi vida con algún destello de felicidad, ahora que ya no estoy allí. Maldigo la hora en la que tomé esa pistola, maldigo la hora en la que me bajé ese whisky para tomar coraje. Maldigo los gramos que me tomé. Maldigo jalar el gatillo. Maldigo a todos y a nadie.
En vano maldigo y bendigo, solo y despojado del Bien y el Mal. Esperando que uno de los dos, cualquiera, exista para que venga por mí. Porque ahora sí, estoy dispuesto a enfrentar lo que me toque.
Pero no solo.

"...no puedo llorar 
y me voy yendo 
no puedo llorar, no ves 
que no se adonde mirar 
que no podré respirar 
que 
no hay lugar 
donde llorar 
si lo supiera 
sería el primero en ir 
a conocer la razón 
a desterrar el dolor 
a respirar"

No puedo llorar, Jaime Roos


viernes, 24 de agosto de 2012

La gran farsa


La gran farsa


(Por una cuestión obvia, y para evitar represalias legales, voy a omitir los nombres a los que aludo en este texto. Desde la publicación que me contrató; el grupo mencionado y los nombres de cada uno de sus integrantes. Ustedes sabrán comprender.)


Mentir para ganar ese concurso y ser parte de esa revista en esa gira, que quizás sea la última, no me costó mucho. Un par de noches de Google, algunos libros, discos y videos, me alcanzaron para ser “El que más conocía sobre la banda más grande del mundo”, según el pomposo título con el que me calificaron.
Yo soy músico, y la verdad es que mucho no me interesaban estos tipos, yo quería viajar y estar en esa revista, LA REVISTA del rock. Las fotos de rigor, la publicidad exagerada y la exposición mediática estúpida e innecesaria, corrió por su cuenta. Pasaporte, visa y permiso de mi novia, fue lo que aporté. Y el talento por la impostura. Y allí partí, con un boleto de avión a todos lados, y un pase libre con ingreso a camarines inclusive. Nos encontraríamos en Canadá, que es donde los tipos arrancan los ensayos para sus giras, como siempre, como hace 40 años.
Y allí estaba cuando ellos llegaron. Yo, desde mi insigne lugar de cronista de la revista más prestigiosa. Ellos del marketinero título de “La Banda Más Grande De Todos Los Tiempos”. Los veo llegar, son cuatro viejos decrépitos.  Y menciono a cuatro, porque los demás parece que no merecen “ser parte”, aunque haya alguno que los acompaña desde hace casi 20 años, como el bajista. Que reemplazó a otro viejo decadente. Hoy es día de presentaciones, y yo tengo la exclusividad del primer reportaje grupal, algo que nunca hacen. Siempre son individuales, y los grupales son conferencias de prensa con decenas de periodistas acreditados que vienen desde todo el mundo. Pero esta vez habían pactado con nosotros, era seguramente la última gira, y todo alrededor de ellos estaba arreglado para que la publicidad, y el negocio no falle. Como nunca lo había hecho desde que aparecieron. Fueron el nacimiento, el nudo y esto sería el desenlace del negocio hecho música.
Cuando yo comencé con la música, estos tipos tenían años de vivir del espectáculo de las luces de colores y los escándalos. Si, metieron algún número uno en los charts. Si, vendieron algunos millones de discos. Si, llenaron algunos miles de estadios. Pero, ¿Alguna vez prestaron atención a su música? Cuadradita, dos guitarras básicas, un baterista demasiado serio para tocar rock, y un ridículo cantante que dicen inventó al “Rockstar” tal y como se lo conoce. ¿Alcanza eso para perdurar en el tiempo, en la memoria colectiva mundial? ¿Alcanza para ser el fondo, la banda de sonido de una, dos, tres generaciones? ¿Alcanza para crear una semi-religión en lugares tan diversos como Japón, Argentina o Rusia? ¿Alcanza para que el resto de los mediocres músicos que rotan en las radios del mundo lo reconozcan como una de sus influencias más importantes? Si hasta hay un mito, que yo no creo aunque la versión provenga de su ex mujer, de que a Jorge Luis Borges le gustaban, y mucho. No jodamos…
Entonces entran al hall en el que haríamos el reportaje. Yo, impávido ante su presencia, extiendo mi mano y los voy saludando uno por uno. Con respeto, pero sin demostrar admiración exagerada, porque no la tengo. Ni exagerada ni admiración alguna. Los tengo aquí. Cuatro hombres mayores, muy mayores, a los que pienso poner en apuros con mis preguntas, con mi inteligencia. Yo voy a demostrar en este reportaje su verdadera esencia, la de productos comerciales sin el mínimo interés artístico. La revista que solo tiene en común con ellos el parecido del nombre, me envió para desenmascararlos, para que yo descubra ante el mundo la mentira más grande en la historia de la música. Y decidido, enciendo mi pequeño grabador, tomo mi libreta de anotaciones con mi lapicera dispuesta cual bisturí para realizar la autopsia final de ésta gran mentira, y les sacudo, sin anestesia alguna:
-¿Ustedes creen que es creíble que canten “(I Can't Get No) Satisfaction” a esta altura de sus carreras?- les disparé, sabiendo que era el comienzo de mi carrera como estrella del periodismo, y el final de la suya como estrellas del entretenimiento.
Un silencio tenso invadió la sala. Dos de ellos se miraron, mientras los otros dos ni siquiera esperaron la traducción, porque no hablo inglés. El guitarrista más antiguo, me miró sin verme y respondió, con una voz aguardentosa, creo que hablando en nombre del grupo, porque el cantante le sonrió cuando terminó de hablar.
- I'm sorry honey, no more story -
Y se fueron sin saludarme. Sin siquiera notar que yo estaba ahí. Sin al menos tener la delicadeza de mirarme para recordarme.
Y muy a mi pesar, siguieron siendo la puta “Banda Más Grande de Todos Los Tiempos