martes, 16 de octubre de 2012

Contrapunto


Contrapunto


-La puta madre…-
El insulto fue casi un suspiro, para adentro. No era la primera vez que sentía que alguien la estaba mirando, la observaba en su departamento.
Hacia un mes casi que había decidido separarse, pero no se sentía sola. Cada mañana, como hoy, frente a la pantalla de su computadora, con el mate esperando ser tomado, sus ojos se concentraban en un punto fijo, en la nada misma. Y de repente, algo la conmovía: un ruido, una brisa suave, algo que de repente parece moverse. E inmediatamente eso le recordaba a él.

(Esto de ser un enviado no me convence. Hace ya unas semanas que la observo, le doy señales, le marco detalles para que me recuerde. No me acostumbro a esta forma de desdoblamiento espiritual, siendo un espectro que trata de convencerla de que no me olvide. Me parece en vano a veces, aunque suponer que es mi última esperanza, me empuja a seguir)

Ella lo seguía amando, eso no estaba ni siquiera en discusión. Pero el payaso que la había enamorado, el que la hacía reír como nadie, ya no le alcanzaba. Nunca alcanza. Con el paso del tiempo, uno si quiere reírse pone la tele. El hombre que amaba, era ya muy distinto al que ella estaba necesitando. Su incapacidad para generar dinero; su eterna inmadurez; su afición a la nocturnidad; a las amigas de pasado dudoso, a los amigos de pasado condenable. Su negación a conformar una familia; su inestabilidad laboral.
A pesar de todas esas cuestiones que estarían describiendo a un ser muy poco recomendable, ella lo amaba. Y quizás por eso presentía que estaba cerca.

(Todavía no puedo entender por qué me dejó. Siempre me dijo que nadie la hacía reír como yo, que nunca había congeniado tan fácilmente con una persona, aún antes de ser pareja, porque tuvimos nuestro inicio de relación como amigos. Bueno, eso lo decía ella, porque yo sabía que mi objetivo era pasar el resto de mi vida con ella. Y así lo hacía, y aunque ella había cambiado últimamente con respecto a ciertas cuestiones, yo quería reencauzar esa relación, seguir disfrutando de nuestra libertad, de nuestros tiempos. Y a pesar de que los años pasaban, yo intentaba ser siempre el joven inmaduro que la enamoró, el amigo de mis amigos que ella adoraba, sin nunca juzgar su pasado, su presente o su futuro. Y sé que es lo que ella quería, porque así me conoció.)

Todavía no tomaba el mate, pensando en él. A veces, quiere creer que se pueden dar otra chance. Si, él puede cambiar. Debería cambiar, alguna vez la adultez lo alcanzará, y se dará cuenta que ella lo ama como es, pero que es inevitable la evolución de las personas hacia un estadío de madurez, de convertirse en un hombre como, no sé, su padre…Sí, que sea como el padre de ella, la fantasía de casi todas las mujeres. La pesadilla de casi todos los hombres, que los comparen con el ideal de hombre: siempre saldrán perdiendo.
O no, el ideal es éste: que no se parezca a nadie que conoce, que la sorprenda sea mejor cada día. No hay nada mejor que ser sorprendida para bien cada mañana, cada anochecer.

(Me queda una oportunidad, creo. Cuando ella se queda así, pensativa, estoy convencido que está tratando de pensar en cualquier cosa que la lleve a olvidarme. Allí es cuando debo accionar con una brisa que mueva las cortinas. Cuando de la nada hago que el horno microondas emita ese pitido insoportable. Cuando hago caer un libro de los estantes. Porque en su realidad estoy siempre, pero difícilmente esté en sus pensamientos. No creo que nadie piense en mí, no creo que alguien pueda extrañarme. Vamos, no creo que a ella le cueste olvidarme si no hago algo que note de forma categórica. Ya la visité, al otro día que me dejó, y me dijo que era muy pronto, que necesitaba tiempo. Y así pasaron unos días, hasta que opté por esta forma de acercamiento, cuasi fantasmagórica. Y no volví: creo que ahora es un buen momento. Para decirle que nunca voy a cambiar. Para decirle que siempre voy a ser ese pibe que conoció, ese payasito que la entretenía aún en los momentos más duros. Para decirle que no nos vamos a complicar la vida, que solo vamos a ser nosotros dos, ahora y para siempre. Porque yo voy a ser su destino, y al final del camino la voy a esperar con sus sueños cumplidos. Y yo sé cuáles son, aunque ahora parezca que no me importan. Lo decidí: Hoy la llamo y la invito a cenar. O mejor le envío un mensaje, para evitarle la incomodidad de atenderme si no quiere hacerlo.)

No puede ser que ni siquiera ese susto le cambie el pensamiento. Muy por el contrario, además de solo pensar en él, ahora cree que él de alguna manera le está dando señales. Terca, pero sensible, ha tomado una decisión: Si la llama hoy, a más tardar mañana, le dará una oportunidad. Además, está persuadida de que él entendió el mensaje. Que si llama es porque está decidido a cambiar, a ser ese que ella siempre soñó. Va a ser su destino, le va a preparar sus sueños para cumplirlos juntos, desde hoy hasta el final del camino.
Cuando va a tomar por fin el primer mate, suena su teléfono, un mensaje de texto.

(Listo, enviado.”¿Querés que cenemos esta noche? Tengo que decirte algo. Adonde quieras, a la hora que me digas. Contestáme por favor. Beso.” Comienza así el sueño de mi vida)

Ella lee el mensaje, sonríe sutilmente. “Dale, en mi departamento a las 8. Yo también espero que me digas algo. Besos.”

Entonces, como un sino luminoso, una ilusión los junta otra vez. Esa noche, él va a demostrarle que siempre será el que ella conoció, y que eso es la fehaciente demostración de su amor eterno. Ella, expectante, querrá escuchar que él va a ser el hombre que ella sueña, su eterno compañero. Y ambos esperan que esa noche sea el comienzo de una vida nueva.
 Y eso, eso está garantizado. Ya nada será lo que fue.



“Ya no quiero alejarme algún tiempo,
despertar y caer al vacío.
Ya no quiero perder mi raíz,
Preguntar: ¿por qué a mí?, lo tendré merecido”

"Flores en el río", Abel Pintos



martes, 9 de octubre de 2012

Socios


Socios


Llegué a la perdida calle casi milagrosamente, con las indicaciones en ese bendito papel y la indiferencia y el desinterés de quiénes me crucé y les pedí ayuda. Una vez allí, dudé si era ese el lugar, pero la ubicación coincidía. Un edificio anacrónico, que contrastaba con los cientos de comercios que eran una pequeña Babel moderna.
La puerta de madera estaba entreabierta, y a pesar de cierta mala espina que tenía, me decidí a entrar. Una escalera, la única posibilidad de avanzar. Sin puertas a los laterales, ni pasillo posible. Y al final de esos empinados escalones, una puerta de hierro forjado, a modo de reja, antes de la puerta principal, con la cancel entreabierta. Subo, no me queda opción, y descubro que el portón metálico tampoco estaba asegurado. Sin timbres ni llamadores, entro.
La señora que estaba en el escritorio de recepción, apenas levantó la mirada, solo un “Buen día”, como un suspiro que respondí creo de igual manera. Me quise presentar, pero me aclaró que no era necesario, que quiénes llegaban hasta allí, no llegaban fortuitamente. “Sientesé”, agregó secamente. Un timbrazo del teléfono, y ella, asintiendo, me indica que puedo pasar a la oficina. Entré tímidamente, asustado casi.
Como en los films que me gustan, un sillón de gran respaldar me daba la espalda, con su ocupante mirando por la ventana hacia la calle. Sobre la mesa, un antigua máquina de escribir, preciosa. Todavía estaba parado admirándola, cuando el sillón giró, y un hombre serio, de traje sobrio apareció en él.
-Nadie llega aquí de manera fortuita. Ya se lo habrá dicho mi secretaria- me dijo intrigante.
-Hola, yo soy…- y extendí mi mano antes de terminar la presentación, que él interrumpió intempestivamente.
-Mi nombre es Ángel Caído, un gusto. No importa aquí quién es usted, de verdad. Lo único que nos importa, es quién usted quiere ser. Dentro de sus posibilidades, por supuesto. Recibimos pedidos insólitos que no podemos ejecutar. Somos una empresa que ayuda a la gente a ser quienes quieren ser, pero no hacemos milagros. Eso lo dejamos que lo crean las religiones, y los psicoanalistas…- me dijo sonriendo, y yo sonreí con él.
-Gozará usted de un asesoramiento permanente, con asistentes que complementarán sus dificultades  y dudas, o llanamente, harán las tareas requeridas por usted. El precio lo acordaremos con el trabajo en desarrollo, pero no le cobraremos nada que usted no pueda entregar, aunque usted no podrá negarse a pagar. Leeremos el contrato antes de firmarlo. La confidencialidad es absoluta, solo usted la puede romper mientras no involucre a la empresa, ni la afecte. Como prueba, podemos hacer el primer intento. Esta es la prueba que usted podrá señalar como referencia, en el caso de querer recomendarnos a alguna persona cercana que así lo requiera. Pida amigo, se le concederá- concluyó, y caí en la tentación. Mi pobre vida parece que al fin se encaminaría, y los escollos al fin podrían evadirse.
-Bueno, algo sencillo- le dije temeroso, sin estar convencido de lo que hacía. Era un paso sin retorno, pero que estaba decidido a dar. ¿Qué podía perder? ¿Que oscuro fin podía tener una empresa que ayuda  a la gente? Si, esta era mi oportunidad, nada podía ser mejor.
-Estaba viendo su máquina de escribir, es hermosa, fabulosa. Yo no sé escribir. No me malinterprete, no es que no sé escribir a máquina. No sé escribir ni leer, apenas crecí un poquito comencé a trabajar la tierra con mi padre, y nunca pude asistir al colegio. Me gustaría que el primer trabajo que puedan realizar para mí, sea escribir un texto contando cómo llegué a contratarlos. Eso, si es posible. Y estoy convencido que será el inicio de una excelente relación.-
Y esto será un pacto cuando el primero de ustedes, cómplices de la empresa, lean el texto que acaban de escribir ellos en mi nombre.




"Nunca pensé encontrarme con el diablo 
tan vivo y sano como vos y yo 
Tenía la risa que le dan los años 
y la confianza que le da el temor"

"Encuentro con el Diablo", Charly García



martes, 2 de octubre de 2012

Cuestión de tiempo


Cuestión de tiempo


Tictac…tictac...tictac…
Así infinidad de veces. No, no tenía un reloj cerca. Era su cabeza que había incorporado ese mecanismo, internalizado ese sonido para alterarle sus ya vulnerables nervios, su incapacidad de esperar pacientemente. Ese mecánico ruido lo alteraba aún más, si eso fuese posible. Lo más parecido a un reloj era su teléfono móvil, que controlaba repetidamente esperando encontrar una señal, y solo le brindaba la hora exacta como toda información.
Ella se había despedido de él con total naturalidad. La despedida con la formalidad de una relación que recién comenzaba, que se estaba desarrollando a pesar de ciertos impedimentos no menores. Pero que era fulminante, con una pasión de esas que hacen ver que hoy es para siempre, y que mañana va a ser como lo soñamos. Se juraban amor como si se conociesen de otras vidas, sin siquiera conocerse en esta. Pero era tan creíble como el amor que se juran los matrimonios de decenas de años de estar casados. Porque, ¿Quién sabe cuando un juramento es creíble? Solo el que jura, y él creía que  ella decía la verdad. Y lo mejor, es que sabía (si, sabía) que ella no le mentía.
Pero ahora algo extraño pasaba. Lo tan temido desde su desarrollada capacidad paranoica de que todo lo bueno dura poco, lo estaba agobiando casi violentamente. Su mente no resistía concentrarse ni siquiera en un simple programa estúpido de tv. Menos iba a tratar de escuchar música, o intentar leer un libro. Ni siquiera releerlo, algo que solía hacer cuando estaba ansioso y no lograba concentrarse en un nuevo argumento. Nada. Ella le absorbía y le quitaba la energía, lo poco que tenía de cuerdo y coherente.
Muchas veces, filosofando con amigos, o solo pensando en sus cosas, se jactaba de que la felicidad, su felicidad, estaba basada básicamente, en que él podía diferenciar el tiempo del reloj. “Cuando uno dice no tengo tiempo, mira el reloj. Pero el tiempo es otra cosa, y yo sé que es…”- decía entre presuntuoso y soberbio, pero era verosímil. Porque tenía una careta con la que ocultaba todos sus temores, todos sus traumas. Y todavía no la había conocido a ella. Que apareció así, fulgurante, luminosa e imprescindible. Inevitable, inesperada y adictiva. Y él ya no volvió a ser el mismo que había sido nunca jamás, con todo lo que eso significa. Para bien o para mal.
Así seguía…Tictac…tictac…tictac…
Abrir el mail. Nada, solo las publicidades de un maldito banco. Buscarla en las redes sociales. Si, allí estaba, pero sentir que si se conectaba con ella la estaba acosando de alguna manera, no era algo compatible con sus paranoias. En la dicotomía de elegir entre hablarle y molestarla; o no hablarle  y seguir incomunicado, siempre se decidía por ésta última opción.
Y seguía esperando sin saber cómo, que la señal llegue en alguna de sus múltiples variables. Y solo era eso: esperar sin saber cómo. La tortura era eterna, el tiempo era más lento que ese perverso reloj en su cabeza que marcaba su suplicio.
Y entonces se decidió: Daría por terminado él ese martirio. Con un mail lamentable, miserable y ruin, le anunciaba a ella que no estaba dispuesto a ser su juguete. Que por el amor que le tenía, no iba a permitirle que lo basuree de esa humillante manera. Que no era ningún estúpido, y que era más que evidentemente que ella le estaba ocultando algo. Que no podía soportar ese engaño. Y para rematarla, le dijo una frase perdurable. Por lo insincera, por lo estúpida: “Y quedate tranquila, que yo mañana me olvido de vos y sigo con mi vida”.
Convencidísimo, le dio clic a “enviar”, con los ojos llenos de lágrimas por la rabia y el rencor. Dispuesto a apagar la pc, cerró la pestaña del correo, y en eso ve un mensaje en el chat de la red social. Era ella, pero era de hacía varios minutos. No lo había visto, ocupado con el mail ese que resolvía su traumática espera. Al abrirlo, leyó:
-Hola mi amor! Espero que estés bien, te extraño un montón. Mi conexión a internet no funciona, y el teléfono se tildó… ¡Todo mal! Menos mal que mi amiga me prestó un toque el teléfono, un día sin hablar con vos es demasiado… Ví también que me acabás de enviar un mail así que lo leo y te contesto, ¿Querés? ¡Chau, hasta mañana! Besos, ¡te amo mucho!-


"La espera me agotó
no se nada de vos
dejaste tanto en mí.
En llamas me acosté
y en un lento degradé
supe que te perdí.

¿Qué otra cosa puedo hacer?"

Gustavo Cerati, "Crimen"

domingo, 23 de septiembre de 2012

Suerte


Suerte


El domingo, después de otra derrota de su equipo, parecía que había terminado exactamente a las 17 hs. Deambulaba por la casa, de la biblioteca a los discos, de la cocina al baño, del comedor al patio. Así pasaba la tarde perdida, esperando la condena del lunes, recordando que en cualquier momento volvería su esposa y sus hijas, de ese break que se dan de vez en cuando para descansar de su rutina.
De repente se acordó de algo: -“Hoy es el sorteo”- dijo, hablando solo porque estaba solo. Ni siquiera el gato pudo oírlo, porque lo detestaba y cuando su mujer no estaba, lo confinaba al balcón de una soberana patada. Buscó entre sus documentos el ticket, y buscó en qué canal de tv daban la transmisión de la lotería.
La encontró casi de casualidad, cuando se  topó con el peluquín del inefable presentador, tan patético como la facha que llevaba. Se rió con ganas, cosa que solía hacer cuando estaba solo, con esa risa estúpida que solía compartir con los amigos, hace una vida atrás.
Por cábala, ni revisó los números. Dejaría que el hombre canté uno a uno los sorteados, y después se fijaría cuál fue su suerte. Estaba convencido de que lo que hacía, era solo otra forma de pasar esa interminable tarde, nada más. Así, terminando la última cerveza, escuchó el final, el cartón ganador, el resultado definitivo: 02-03-13-19-25-32.
Sonrió de costado, porque recordaba el 2, el 3 y el 13 en su comprobante. De a poquito fue desdoblándolo, con una mano y sin mirar. Con la otra empinaba la cerveza hasta que quedó vacía. Cuando bajó la vista, el papel estaba perfectamente visible, y pudo ver que los números que el recordaba estaban ahí. Y el 19, el 25 y el 32, también.
Por unos segundos, se quedó detenido en ese insignificante boleto. Ahí estaba el final de todas sus preocupaciones pasadas. Las deudas, el auto en el taller, la casa que se estaba deteriorando lenta e inevitablemente. La universidad de sus hijas. No laburar más de eso que no le gustaba. Divorciarse si eso era lo que hacía feliz a su mujer, a quién amaba, pero ya casi no se reconocían en esos jóvenes que fueron, tan enamorados y perfectos. -Ya está-se dijo casi a los gritos.
Y cuando la sensación esa lo empujaba a un festejo totalmente descontrolado, algo más le apareció en la mente, como una señal que titilaba:-¿No es demasiado dinero?-Y eso lo aterró. Cinco millones de dólares era una suma que jamás hubiese estado en sus planes. ¿Qué podía comprar? ¿La iba a poder gastar en esta vida? ¿Adónde debería irse a vivir para vivir seguro? ¿Y sus hijas, tendrían la libertad que tienen ahora, de jugar en la vereda de la casa de la abuela? ¿Adónde iba a poner esa cantidad de guita, e un banco, para que esos hijos de puta se la choreen? ¿Y qué iba a hacer su mujer con la mitad de esa plata cuando se divorcien, mantener aun boludo para que la atienda? ¿Encima le tengo que bancar los chongos?¿Como ir a visitar a mis amigos a la villa en la que nací, sin que piensen que soy un hijo de puta por no comprarles una casa a cada uno?¿Entenderán que no soy un hijo de puta si no voy más?¿Qué tipo de gente se va a codear conmigo?¿Quiénes serán los garcas que compartirán las reuniones de padres en el colegio privado al que por seguridad deberé enviar a mis hijas?¿Qué hago con mi ropa vieja?¿Qué ropa debo vestir ahora, para que me tomen en serio?
Una angustia fulminante le oprimía el pecho al punto de que parecía estallarle. Cuando escuchó el sonido de la llave en la puerta del frente, saltó del sillón del susto. Del mismo envión fue a abrir la puerta del balcón, para que el gato roñoso vuelva a entrar. Cuando sus hijas corrieron a darle un beso, su rostro desencajado se acomodó un poco.
Su mujer lo miró fijo, el aferrando el ticket con su mano transpirada.
-¿Qué tenés ahí, Gordo?- le dijo sin importarle demasiado.
Esta era la oportunidad de su vida, demostrarle la suerte que había tenido ella, la más linda  del barrio cuando lo eligió a él, que solo tenía sueños y chamuyo. Apretó fuerte esa mano transpirada, hizo un bollito el ticket y lo embocó en el cesto desde casi dos metros.
-¡Doble!-gritó, antes de concluir-Nada mi amor, un papelito que encontré.-
La abrazó de atrás mientras ella acomodaba las compras del súper, le besó la mejilla y se sonrieron mirándose a los ojos. Y se dijeron algo que se repetían desde siempre, una broma adolescente, casi al unísono.
-Que suerte que tenés de haberme conocido-
Y ella agregó:
-Si tuvieses plata, serías perfecto-.



“Pronto llegará, 
El día de mi suerte 
Sé que antes de mi muerte 
Seguro que mi suerte cambiará
 
“El día de mi suerte”, Héctor Lavoe




martes, 18 de septiembre de 2012

Muñequita


Muñequita

Esa mueca parecía una sonrisa. Claramente no lo era, y ella tampoco era quien solía ser. Por esos labios habría matado cualquiera, hasta yo que cuando muero ya no es por amor. Todos los pibes del barrio enloquecieron cuando ella irrumpió en escena, la nena dulce pasó a ser una bestia caníbal, que se alimentaba con los corazones rotos que iba dejando a su paso.
En ésa época, había dos formas de destruir el alma de un chico de barrio entregado al amor: La mujer podía no darle bola, lo que provocaba cierta angustia que les hacia replantearse si valía la pena vivir; o había otra peor: Darle bola, para que el tiempo les demostrase que ése amor estaba condenado al fracaso más rotundo, el inevitable.
Bueno, ella era una de las que se decidían por la segunda opción. Y así, una murga a contramano de amantes abandonados rondaban su esquina para verla irse con otro, para auto consolarse unos con otros en eternas borracheras de vino en damajuana, cervezas calientes, porros berretas. Y ese malvivir los eternizaba como perdidos, como escoria, como irrecuperables. Ella había triunfado en su naturaleza.
Pero como nada dura para siempre, y la belleza es sinónimo de juventud casi inexorablemente, ella era hoy esa mueca que me sorprendió ver. Y la sorpresa provenía de la familiaridad de un rostro que me recordaba a quien insistía ser, pero no era. Como cuando soñamos que estamos con alguien pero no es, en un lugar que parece y no es, y ni siquiera nosotros somos nosotros. Así nos cruzamos, yo inmune porque nunca pertenecí al séquito adorador de su belleza. Ella, impávida porque nunca registró mi existencia en aquél entonces, y hoy yo no era ni siquiera un recuerdo en su existencia.
Así la vi, perdida como acostumbraba dejar a los muchachos que engatusaba, con la vida como una mochila pesadísima que ralentizaba sus pasos, con ese grupo de nenes alrededor que le reclamaban una atención que no estaba dispuesta a prestar. Como un detalle anacrónico, su maquillaje ocultaba más sus desesperados intentos por detener el paso del tiempo, que ocultar el mismo. Los ojos buscando algo que sabía no podía encontrar; la mente en una labor casi antropológica buscaba al último ser humano que amó. El corazón, nada: Nunca tuvo.
Ella, la Muñequita de mi barrio se creía aún altiva, soberbia, imponente. Pero era su propia caricatura. Como una venganza no ejecutada, porque los verdugos no se atreverían a dañarla. Como la justicia que nunca llega, y suele ser la pesadilla de los culpables.
Así fue la sensación de darme cuenta de que yo sería fiel reflejo de esa decadencia, que tampoco podría haber evitado ser mi caricatura.



“Campaneá la ilusión que se va
y embrocá (*) tu silueta de rango,


y si el llanto te viene a buscar
escurrí tu dolor y reí...”
 “Muñeca Brava”,  Letra: Enrique Cadícamo/ Música. Luis Visca

(*)-Embrocá: Observá detenidamente.

lunes, 10 de septiembre de 2012

Insomne


Insomne

C
ruzando la estación a las 3 de la mañana, de la 24 para la 844.Algunas luces, pero todo cerrado. Viendo todo a estas horas, con los carteles como señales que no se divisan cuando el gentío inunda la ciudad, tiene su encanto. Es una ciudad extraña, tan cordial como repulsiva, con amigos por todos los rincones, que aleatoriamente se confundirán con parientes en algún momento, primos lejanos, ex cuñados, padres de sobrinos. Todas relaciones inútiles (¿hay algo más inútil que un cuñado, como tal?) que se tornan relativamente significativas cuando te sirven para zafar de un choreo, para conseguir un trago más o para que ésa piba al fin te dé cabida para iniciar una charla en plan levante…
Encanuto el reproductor de música, por si las moscas. Es fácil poniéndolo en algún bolsillo interno de la campera de jean, cerca del DNI para conformar al cana si te para a preguntarte adónde vas o de dónde venís, que parece ser la única duda de un cana cuando para a un pibe que no presenta ningún trastorno evidente, más que el insomnio y la estúpida idea de salir a caminar a esas horas a escuchar música. Tengo la idea de que soy el único que tiene esos mambos, aunque hay un par de pirados que me cruzo, a los que les adivino los auriculares entre el pelo largo, algo tan común entre locos por estos lares, y me miran fijo como yo los miro a ellos, con cara de “No me vas a querer chorear, boludo, que no tengo nada…”.O por ahí es gente que viene o va a laburar, y yo los confundo con la legión insomne. Las veredas son un juntadero de papeles, bolsas, cartones, botellas que van intercambiando posiciones según las mueva el viento, que levanta una tierra que te hace dar vuelta la cara porque hay tierra, mucha tierra. Es que salvo casos aisladísimos, mi ciudad es una ciudad de calles de tierra, de zanja y pasto bordeándolas. Y canchas de fútbol de todos los tamaños, con un césped ausente en todas ellas.
Pienso que hacer y todo lo que se me ocurre incluye molestar a alguien, así que desisto. Tendré que seguir caminando hasta que las pilas aguanten, o pasarlo a radio y darle un poco mas de vida. Pero las FM truchas invaden mis frecuencias preferidas con sus promesas de vida eterna y pecados perdonados, todo a cambio de un simple y perfecto trato: Alma y diezmo de mi parte, y el resto me lo solucionan ellos.
Volver por el Club ni loco, a esta hora ya están todos re locos y no engancho el cuelgue. Y hoy es martes, no tengo ganas de escabiar. Mañana no tengo nada que no pueda posponer, suspender o pasar por alto, pero yo ya elegí y no es lo que quiero hoy. Bah, elegir, lo que se conoce como elegir es otra cosa, pero pongámosle un nombre. Así que decidido a realizar el paseo nocturno, salgo de la avenida para pasar por la esquina de la 840 y la 895. Increíblemente, cerca de esa esquina emerge un aroma cada madrugada que me encuentra en la calle que no puedo descifrar, por mi desconocimiento absoluto de la botánica. Es un olor suave, que surge desde unas flores blancas y una enredadera verde, que hace que ese tramo me lleve un tiempo prolongadísimo, por esos 10, 20 mts tardo cerca de un minuto, o me parece a mí que se detiene un poco el tiempo. Como dijo García Márquez al escuchar a Los Beatles por primera vez, “Estoy presenciando el nacimiento de mi futura nostalgia.”Y 
una vez superado el encantador sector, pasa lo inevitable: se acaba el lado del cassette, pero con cerca de 10 minutos de cinta muda Esa puta costumbre que tiene el gringo de “La Crypta” de grabar los discos como están editados, cuando 30 minutos de un TDK son suficientes casi para grabar “Furtivos”. Y eso significa el fin de mi paseo, porque no traje la Bic para rebobinarlo, y porque tampoco lo puedo hacer a esa hora en la calle, eso significaría seguramente mi inmediata internación. Y regreso a mi casa, a mi insomnio, y a pensar que este 1994 será igual al ´93, pero mejor que el ´95.



"La noche aspira a guardarme algún misterio
y como un extraño salgo a caminar. 
Por las calles silenciosas del suburbio va mi alma 
solitaria entre el mundo y las veredas viejas... "

Desnudo para siempre (o Despedazado por mil partes), Gustavo Nápoli





martes, 4 de septiembre de 2012

La leyenda de Celestino


La leyenda de Celestino

En los inicios de la popularidad del fútbol como deporte movilizante y multitudinario, surgió un mito, una leyenda que desembarcó de la Banda Oriental silenciosamente, como esos secretos que cuando explotan, pueden derrumbar un Imperio. Hoy vengo a echar un manto de luz sobre uno de los misterios más grandes de la historia del fútbol mundial.
Aunque nunca estuvo claro en qué club hizo sus primeras armas, Celestino Noel llegó al Club Central Argentino directamente para debutar en su primer equipo. Bajito, de un físico más bien económico, el domingo que salió a la cancha con el histórico equipo de La Paternal, no impresionó a nadie. Es más, no había casi nadie en la cancha. Central Argentino deambulaba por el fondo de la tabla con un mediocre plantel, sin técnico y con una dirigencia más afecta al truco y al escabio que al trabajo en los deportes en los que presentaba equipo federado. Pero ese día, cambió todo.
El Cricket Atletic Club de San Isidro era el último sub campeón, y si bien no arrastraba público porque su zona de influencia estaba dedicada a la práctica de deportes más nobles como el rugby o el golf, y por supuesto el cricket, ese día padeció la aparición de este crack en su fulgurante presentación.
Apenas comenzado el encuentro, el petiso pidió la pelota en la mitad de campo, y desde allí despachó un zurdazo que se incrustó en la unión poste-travesaño. El rincón de las ánimas. Adonde duermen las arañas. Así hubiesen contado el gol los relatores, pero no era época de transmisiones ni de coberturas generales. Los privilegiados testigos, se asombraron pero lo miraron de reojo. “Suerte de principiante”, dicen que dijo el arquero rival, ya que al no haber tribunas, los allegados o vecinos que ese domingo se acercaron de puro aburridos nomás a la cancha, tenían largas conversaciones con los protagonistas, sobre todo los arqueros, y sobre todo cuando el juego se desarrollaba en el campo del rival.
Pero no, siguió. Al finalizar el primer tiempo, Central Argentino ganaba 4 a 0, con tres goles de Celestino, y uno en contra de un defensor del Cricket, que desde la impotencia de correrlo desde el área rival sin poder sacarle la pelota, se arrojó desde atrás y pateó violentamente contra su valla, desacomodando a su goalkeeper.
Para el segundo tiempo, el crack bajó su rendimiento. Como quién dice, fue a menos. Un par de gambetas; algún caño; sombreritos y toques de tacón entretuvieron a los escasos asistentes, pero hicieron un poco menos humillante los números de la derrota del rival. Hay que decir que cada una de las jugadas que el fenómeno realizaba, era por una necesidad, jamás se burló de los rivales. Con su pelo revuelto y un poco largo, la delicadeza de sus rasgos, sus manos chiquitas que iban acorde a sus pequeños pies, el muchacho se había ganado la simpatía de los rivales, y el afecto sincero de sus compañeros.
Así, terminado el match, uno de sus compañeros, el capitán, el de mayor experiencia, se acercó a felicitarlo.
-¡Sos un fenómeno pibe! Ahora, te hago una pregunta: ¿Por qué fuiste a menos en el segundo tiempo? Podías haber hecho al menos 5 goles más…
Una voz suave, casi susurrando, le dijo algo que se ve salió de lo más profundo del player:
-No sé. Instinto maternal…-
Dicho esto, el prodigio se ruborizó ante la mirada del veterano centrojás. Tomó su bolso del precario vestuario, y desapareció entre los árboles del barrio junto con quién lo había traído, que se presentaba como su “asistente”, haciéndose llamar “El Tierno”. Y nunca más se supo de él.
El mito había nacido, aunque el jugador nunca más apareció. Dirigentes de clubes de todo Buenos Aires, y de Montevideo al enterarse de que se presentó como uruguayo, realizaron una infructuosa búsqueda, que abandonaron meses después, cuando empezaron a circular rumores qué ese partido nunca existió, que nunca hubo un tal Celestino, y que todo fue una maniobra de Central Argentino para sumar esos tres puntos ante el Cricket, quién habría vendido ese partido para que el club de La Paternal se quede un año más en la categoría. Todas historias creíbles: Central Argentino, sus dirigentes, tenían todos los vicios que se le atribuye a la burguesía argentina. Y el Cricket, todos los que se les imputan a la oligarquía…
Y se olvidó a Celestino, aunque no para siempre. Desde aquí lo recuerda un descendiente, que supo quién fue Celestino y a qué se debió su fugaz estrellato, su repentina desaparición. Y por eso, con todo orgullo le digo, desde esta humilde nota:

Gracias Abuela Celeste!!! Por el fútbol !!!Por la magia!!!

“La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, ¡ay Dios!…”
“Pedro Navaja”, Rubén Blades