domingo, 20 de diciembre de 2015

Volver, ni a palos.

                                                      Volver, ni a palos.


“Vuelvo vencido a la casita de los viejos…” decía aquél tango que silbaba mi abuelo. Y sí, vuelvo así. No hay nadie seguro, así que entro por el costado, destrabo la puerta del fondo, y paso. Antes de animarme a volver, estuve dos días dando vueltas, así que me pego un baño, y me pongo la pilcha que la Vieja guarda en el mismo cajón que quedó cuando el Viejo partió. Me da no sé qué, usarla, pero hasta parece que la lavaron recientemente por aroma a perfumito del jabón que larga.
Preparo el mate, porque miro el reloj y noto que la Vieja ya está por llegar del laburo, como hace casi 40 años. Bueno, desde que yo nací casi.
Mientras tomo el primero, empiezo a pensar qué le voy a decir. Soy un pelotudo, me digo sin querer mirarme al espejo que se muestra imponente justo detrás del otro extremo de la mesita. Pero no lo quiero mirar. Esa mesita que siempre fue así, porque no fuimos nunca más que tres, y cuando se fue el Viejo, quedamos siempre dos. Porque como en un pacto tácito, ella jamás trajo un tipo, y yo manejé a mis parejas siempre fuera de casa. Ni mi segunda esposa, con la que tuve a la Nena, vino jamás a comer, o a tomar mates. Y la Nena…Bueno, ya no es más una nena, pero nunca hice nada por ella, así que si vino a ver a la abuela una que otra vez, vino sin mí, por iniciativa propia o de la Vieja.
Bueno, no sé…Quizás sea momento de definir cuáles son mis objetivos, y contarle en una confesión tardía, todo lo que sé que ella sabe, pero que nunca le dije. Somos iguales, ella jamás me dijo nada de nada. Pero quizás sea este el momento, el tiempo de vomitar todo ese nudo que me ahorca. ¿Si no es con ella, con quién más lo voy a hablar?
Le voy a decir que tenía razón, que siempre la tuvo. Que debí terminar los estudios cuando era un pendejo mimado, cuando vivía como quería a costa del sacrificio de ellos. Que la partida de mi viejo no era excusa para mandarme todas las cagadas que me mandé. Que casarme con la primera piba que se animó a ser mi novia, fue cagarle la vida a la pobre, que me amaba. Que dejarla cuando la segunda me avisó que estaba embarazada, fue una agachada que ni siquiera puedo adjetivar. Para las dos, o para las tres si contamos que después nació la Nena… Que seguir juntándome con los vagos el viernes con la excusa del fulbito y volver cada domingo al mediodía en pedo, seco y endeudado por la timba y el boliche, no es una buena manera para relacionarse con una mujer. Y mucho menos para conformar una familia. Que no debí aceptar los laburos por guita nada más, siempre al límite de lo ilegal, cagando a alguien, o coimeando a quién corresponda para seguir en juego, en la cancha donde el vale todo y el sálvese quien pueda son la regla. Donde el guapo se impone, cuando ya no hay más guapos. Que agradezco y reconozco el ejemplo que ellos me dieron con respecto al laburo, aunque jamás haya seguido ese ejemplo. Que me gustaría haber cumplido cada uno de sus sueños, para que ella hoy estuviese orgullosa de mí como yo lo estoy de ella. Pero que sepa que cada uno de mis sueños se cumplieron, lástima que también se cumplió cada pesadilla. Y que me perdone, pero que no estoy arrepentido porque ya es tarde para arrepentirse, no porque sea tan estúpido de no darme cuenta lo malo que hice.
Como un boludo, me doy cuenta que estoy llorando como un gil, cuando escucho el portón de la calle primero, y la llave entrando en la cerradura. Antes de que abra, le aviso que estoy yo, para que no se pegue un julepe bárbaro al entrar. En eso recapitulo que hace como dos, o tres meses que no aparezco por acá, así que eso me angustia un poquito más…
Cuando la Vieja entra, ni siquiera hace gesto alguno que demuestre sorpresa, o enojo, o qué se yo que está sintiendo. Viene hasta donde yo estoy sentado, me abraza por atrás, y me da un beso con todas las ganas. Como siempre. Antes de que yo pueda decir algo, me dice que se imaginaba que yo estaba ahí. Sin animarme a decir más, le digo que la estaba esperando para tomar mates. –Qué bueno-, me dice mientras revolea bolso y zapatillas desde la puerta de su pieza hasta adentro de la misma. Entonces se sienta en el otro extremo de la mesita, y el reflejo del sol que le da al espejo que quedó detrás de ella, le regala un aura casi religiosa. La veo y me conmuevo, porque parece que el tiempo no pasó para ella. Está como siempre, tan hermosa que yo siempre decía que no tengo el complejo de Edipo. Yo soy Edipo. La novia del Viejo, esa piba por la que el barrio y sus alrededores se morían. Y coqueta, siempre arreglada para que ningún detalle delate el paso del tiempo en ella.
Le doy el mate, y recién cuando pega el primer sorbo, me mira a los ojos. Se nota que los míos vigilanteaban las recientes lágrimas, porque un casi imperceptible gesto, hizo que una mueca le transfigure la cara una milésima de segundo que tan solo yo, que la conozco tanto, pude advertir. No dijo nada, por supuesto, en ese código críptico e inconmovible que nos une.
Entonces no sabía cómo arrancar, cuando ella me anticipó: -¿Qué te pasa, Negrito?-
Supuse que ese era el momento que esperaba, para poder largar mi rollo. Pero no me animé para nada, y sólo pude decir una cosa que me salió casi inconscientemente:
-¿Lo extrañás a papá vos?-, y me mordía las tripas para no llorar como un pelotudo.
La Vieja se paró, me alcanzó el mate en la mano, y riendo me dijo: -No Negro, este es el único rato que tenemos para estar solos. En un rato viene el pesado, y hay que atenderlo como un rey…-
En eso levanté la cabeza, y quedé cara a cara con el espejo. En él, el Negrito, ese pibe de 17 años al que le temblaban las rodillas cuando una piba lo miraba fijo, me miraba sin ver. Y no sé que veía él, pero yo veía lo que fui y lo que pude ser. Vi como podía redimirme, como una inexplicable rotonda del camino de la vida me había puesto ahí, retrocediendo casi al punto de partida. Y que tenía los dados en la mano, y que entre el azar y lo que fuese decidiendo, este puto juego me dio un re enganche inesperado. Y eso que estaba jugado y sin fichas…
Solo mordí la bombilla del impacto, y haciéndome el pelotudo como tan bien me salía y me sigue saliendo, me paré y le di el beso más grande que nunca le di. Y le dije que iba a salir, pero que no me espere. Uno nunca sabe cómo y cuando vuelve a los lugares en donde siempre nos están esperando.




“…dicen que me fui del barrio...
¿cuándo?
¿Pero cuándo?
Si siempre estoy llegando,

y si una vez me olvidé;
las estrellas de la esquina de la casa de mi vieja,
titilando como si fueran manos amigas, me decían
"nene quedate aquí!, quedate aquí, quedate aquí..." 

“Nocturno a mi barrio”, Aníbal Troilo.


miércoles, 20 de marzo de 2013

Turismo


Turismo


No podía distinguir todavía el comienzo de todo esto. Sé que esa noche, aquélla noche, decidí sólo pasar por casa a buscar una campera, y seguir viaje hasta aquí.
Estaba con la ropa con la que fui a jugar al fútbol, y no es buena idea tomar cervezas para calmar la sed. Mucho menos combinarlas con un fasito, y menos aún tomarse unos pases para levantar. En ese estado fue que tomé esta decisión, y ahora me despierto en un lugar que no reconozco completamente, aunque es aquí, sin dudas. La cuestión es que el calor me definió, y encaré la ruta con la premisa de volver a esa playa en la que durante un breve y eterno lapso, mi niñez, fui feliz. Mi juventud quedará atrás con este viaje, junto con algunos de estos “detalles”, substancias que modifican mi humor de manera momentánea.
Las luces son todo el recuerdo que tengo del viaje, y la firme convicción que debía ir a ese hotel en el que mis padres me contaban me habían procreado. El mismo al que volvimos cada año desde que tengo uso de razón. ¿Estará ese hombre tan formal y tan corpulento que gerenciaba el lugar? Supongo que sí, porque en realidad no recuerdo de que manera me registré aquí. Seguramente le conté la historia de mis infantiles vacaciones, y el seguramente me recordó a mí, y a mis padres. Y por eso permitió que pase la noche aquí, a pesar de que no tengo dinero y que no quise pasar por los cajeros en las condiciones en las que estaba. Doy por hecho que le prometí hacerlo hoy, a primera hora. Bueno, digo hoy aunque no sé si hace solo un día que estoy aquí, con una resaca que me marea, y estos ojos que no se quieren abrir mientras pienso en todo esto que me aturde.
Ahora estoy pensando seriamente en abusar de esa confianza, y pedir el servicio de habitación, luego de la ducha, que me debo desde que terminó el partido. Un buen café me vendría perfecto, y agregaría un tostado para asentar el estómago, qué con rumores de batalla me avisa que no está en óptimas condiciones. Instintivamente, y con el increíble detalle de que aún no abrí mis ojos, manoteo en el lugar en el que debí haber dejado los puchos, y los encuentro con el correspondiente encendedor. Con los ojos nublados por lagañas, y la ceguera que provoca un rayo de luz que me da de pleno, enciendo el cigarro y vuelvo a cerrar mis ojos, disfrutando ese momento.
- Luego de esto sí, arranco-  pienso para mí, o lo digo, es lo mismo. Me refriego los ojos de a uno con la mano que tengo desocupada. La otra sostiene temblorosa el cigarrillo, casi terminado. Tengo que tener los ojos bien abiertos para poder apagarlo, porque desconozco absolutamente adónde puede haber un cenicero, o algo que sirva de tal.
Ahora sí, un poco más despierto, y con la visión despejada, me doy cuenta que no estoy en donde creía estar. Una rata me mira desde el rincón del lugar, asustada como yo seguramente, o pensando qué hacer ante mi posible accionar. Una pared con un empapelado que se cae a pedazos, sirve de fondo a esa imagen. Yo, en un colchón roído, seguramente por ella, la miraba atónito. Y así se va, sin que yo reaccione.
Continúo con la desesperada inspección ocular, y descubro que el techo era un muestrario de manchas de humedad, lo mismo que la otra pared, tan familiar a mis recuerdos como completamente desconocida como el resto del cuarto. Era y no era, como las imágenes oníricas.
 De un salto, salgo de esa mugrienta cama, y veo que la ventana que da al balcón no existe, solo la abertura que la enmarcaba. Y a ese balcón me asomo, haciendo rechinar el piso de madera con cada paso que doy, para contemplar la hermosura, la imponencia y la eternidad del mar. Un mar azul, revuelto y ruidoso, que me doy cuenta que es lo único inamovible en mis recuerdos, en mis sueños de felicidad.



“En Comala comprendí
que al lugar donde has sido feliz
no debieras tratar de volver.”

“Peces de ciudad”, Joaquín Sabina.



viernes, 28 de diciembre de 2012

Revancha


Revancha

Comencé los preparativos en septiembre. Era algo que venía masticando desde hacía años, desde que decidí ese odio inicial lo iba a transformar en algo que me permita una reivindicación, la posibilidad de obtener algún tipo de resarcimiento, al menos moral. En realidad, al comienzo no fue odio, fue una pequeña decepción, una simple disconformidad. Con el pasar de los años, eso fue tornándose algo más importante. Y por momentos, como ahora, fue mi principal objetivo en la vida, resolver ese entripado.
El tema es que este septiembre decidí que hasta aquí había llegado. Ante la incredulidad de mis vecinos, un día me vieron remover un grupo de tejas del techo de mi casa, y terminar de construir una chimenea qué, en el interior de mi hogar, ya estaba concluida. De más está decir que no era la única casa con chimenea, pero que la empiece a construir apenas terminado el invierno, eso fue lo que llamó la atención. Más cuando respondía con evasivas ante las consultas sobre el motivo de la construcción. O respondía vaguedades, mencionando cierta “cuenta pendiente” que tenía, y no aclaraba con qué, ni con quién. Así, en unos pocos días y ante la mirada atónita de mis vecinos, concluí la construcción. Solo restaba esperar que pasaran los días, y resolver los detalles restantes.
Terminados los preparativos, solo faltaba ajustar pequeños pormenores. Llamé a mi familia, y le dije que me habían invitado a viajar, y que me disculpen, que ese fin de año sin falta lo pasaría con ellos. Que no se preocupen por mí, y que si llamaban amigos, o incluso si alguno pasaba por allí, le digan eso. Incluso una semana antes les lleve el perro, para que no sospechasen nada. Que ella no llamaría, porque estaba todo acordado. Mentía, hacía meses que no me llamaba, ni siquiera respondía mis mensajes. Pero eso me daba la pauta de que no llamaría.
Lo mismo le dije a mis vecinos, que no iba a estar en casa, pero que no me llevaba el auto, por si alguno de los chicos espiase por la cerradura del garaje y lo viese. Así nadie interrumpiría mi plan, nada o podía afectar.
Nervioso, los últimos dos días lo pasé encerrado, pensando en el momento del encuentro a cada segundo. No pude pegar un ojo durante esos días, entre los nervios, el cigarro y el whisky que había empezado a ingerir para darme ánimo. Al fin, iba a saldar cuentas con él, cara a cara. Desde las casas vecinas, debido al insoportable calor que se padecía, todos cantaban, bailaban y reían a carcajadas en sus patios. Todo eso que él me hizo detestar por el desencanto que luego me obnubilaba, por ese rencor que fue sembrando en mi espíritu desde niño. Y en ello empecé a pensar, en tantas noches viendo como todos, menos yo, obtenían lo que deseaban. Ni una vez, estuvo cerca de satisfacer mis peticiones. Nunca, pero nunca. Y mientras se llenaban mis ojos de lágrimas por bronca, por resentimiento, durante un segundo creí caer rendido por el sueño, y eso me alivió un poco. Un instante después, un violento estallido me hizo saltar del sillón que estaba frente a la chimenea. La única venta que permitía la entrada de luz, la claraboya de la cocina, resplandeció fulgurante por la explosión de una bengala multicolor. Arrebatado, busqué el reloj despertador que tenía a mano, y miré la hora. Apenas pasaditas las 12…Instintivamente fui hacia la chimenea, y metiendo la cabeza en ella, vi una tenue sombra que se estaba deslizando fuera de ella. Le grité que se detenga, preguntando además quien era. No me respondió, por lo que salí corriendo al patio, ante la mirada sorprendida de mi vecino, que estaba encendiendo una cañita voladora para su hijo. Mi cara, tras dos días sin dormir, con whisky y tabaco como única ingestión, debía asustar. Más si le sumábamos los ojos inyectados en sangre, y el gesto de malevolencia que me quedó después de haber sentido que perdí una oportunidad única. Con desprecio miré a los demás vecinos, e ingresé en mi casa vencido. Todo el plan había fracasado por un segundo de desatención, algo que no me perdonaba. Desencajado todavía, fui a buscar la botella, para al menos aliviar esa sensación con el resto de alcohol que me quedaba. En eso, miré el árbol que por costumbre había armado como todos los años. Al pie del mismo, un pequeño paquete plateado, que reflejaba las luces que lo adornaban.
Por un segundo dudé que hacer, pero me ganó la esperanza, la sensación de creer que al fin lo había resuelto. Desesperado, destrocé el paquete, y lo primero que ví fue una nota, parecida o igual a la que tantas veces había visto, que decía: “Espero que sea lo que estabas esperando. Felicidades!”. Y después de leerla, abrí la bolsita que contenía el paquete, y me encontré con el obsequio.
Como cada año, aunque variaba el tamaño, el color y hasta los modelos, un par de medias y un calzoncillo me esperaban como regalo.



“La venganza nunca es buena, mata el alma y la envenena”
Roberto Gómez Bolaños, “El Chavo del 8”


lunes, 17 de diciembre de 2012

Esta noche


Esta noche

Cuando anochece, mi espera tiende a hacerse eterna, aunque cada vez falte menos. Ansiosa, susceptible, empiezo a imaginar el encuentro, sin esperar la concreción del mismo. Siempre es así: la víspera es tan emocionante como el escenario. Ya estoy en clima, y la ducha será un detalle más, aunque servirá de relajante, mientras aguardo que llegue. Y empiezo a conjeturar.
Me va a besar suavemente al llegar, mientras me observa con esos ojos con los que me viste y me desviste, ese borde indistinguible entre la ternura y la lascivia. Vamos, como nos gusta a todas que nos miren. Después de darme el ramo de jazmines que trae en su mano izquierda, y dejar el vino que trae en la derecha sobre la mesa, me alzará levemente mientras disfruta el aroma del perfume que me puse en el cuello para eso, para que él lo disfrute. Y comenzará a acariciar mi cabello, mi frente, mis mejillas.
Antes de que pueda recuperarme, me dirá que me siente, que él se encarga de todo. Esas velas aromatizantes que enciende, sé que no son de su gusto, pero sabiendo lo que yo las disfruto, las enciende para crear un clima de luces tenues y perfume en el aire. La cena está casi lista, ya desde anoche el había dejado todo en orden, hasta el último de los detalles. Nada sofisticado, sabe que odio lo snob. Y poco importa la comida, aunque él esté hambriento por haber trabajado todo el día. Pero sabe que soy una mujer como todas, en ese estado de dieta eterna después de los 20.
Una vez que levante la mesa, dejando solo las copas y el vino, la charla se concentrará en mis intereses. Me dirá que sí, que nos casaremos cuando yo se lo pida. La fiesta será como el de una princesa, y mi padre me entrará a la iglesia del brazo, después de recorrer el centro de la ciudad en un carruaje tirado por dos caballos blancos, impecables. Y allí estará él, con los ojos llenos de lágrimas y el anillo de mis sueños en el bolsillo interno del jaquet, al ladito del corazón.
“Tendremos los hijos que quieras -me dirá-, porque vos tenés que concretar tus sueños profesionales, y yo voy a acompañarte para realizarlos”. Un niño, porque sabe que son mi debilidad. Y agregará:"Una niña también: tu belleza debe heredarse”.
Y superado ese momento de charla sobre nuestros proyectos, se interesará por las cosas que le cuento, aunque sean superficiales, aunque hable de gente que él no conoce. Le hablaré con un poco de envidia de mis amigas, o le contaré que alguna habló de mí y que yo creo que lo hizo por envidia. Me preguntará como anda mi familia, y me dirá que mi vieja es casi una madre para él, que así la ve. “Y que genio tu viejo, yo quiero ser como él”, agregará. Preguntará cuando viene a comer con nosotros alguna de mis hermanas, o por qué mejor no vienen todas. Por mi hermano también, me dice que no se haga problemas, que aunque le destrozó el auto la última vez que lo usó, están las llaves a su disposición cuando lo necesite. Y las del departamento en la playa también, aunque todavía está en reparaciones de la última vez que fue con esos siete amigos. Y mientras me escucha, me dirá que me ama, que me extraña, que no puede vivir sin mí. Y así, en un arranque de pasión, me llevará en brazos a nuestra habitación.
Entonces ya no puedo esperar por él. Salgo de la ducha, me perfumo como a él le fascina y termino con los preparativos. Cierro la puerta con llave, pongo el pasador. Desconecto el teléfono. Cierro las ventanas, y corro cortinas, y cierro persianas. Me quedó así, como salí de la ducha, desnuda sobre la blancura de las sábanas que puse hace un rato.
Y ahora sí, me esfuerzo por dormirme, y funciona. Es que no soporto más la espera para encontrarme con el hombre de mis sueños.


"Todo el tiempo estoy pensando en ti,
en un brillo del sol, y una mirada tuya, soñé
Si te soñé, y te soñé y te soñé una vez mas...
si te soñé, y te soñé y te soñé una vez mas..."

"Soñé", Zoé


lunes, 10 de diciembre de 2012

Dormida


Dormida


Cuando regresé a la habitación, seguía igual.
Los párpados cerrados no impedían que viese sus ojos, porque los tenía alojados en los míos, en mi memoria, desde la primera vez que me miró. Yo solía decirle que eran un abismo, un mar inconmensurable en el que me gustaba perderme, viajar, volar. Sí, todos los lugares comunes y las frases cursis que había escuchado por ahí. Pero ella sabía que cuando se lo decía, no estaba el poder en las palabras rebuscadas, si no en la intención, en el sentido, en el sentimiento.
Habíamos jurado decirnos siempre la verdad, fue la única condición que nos impusimos. No importaban las consecuencias, nunca importaron. Desde el fortuito encuentro, en el que no tuve la mejor idea que encararla preguntándole si creía en el amor a primera vista, para que riendo casi a carcajadas me respondiese preguntando si acaso existen otros. Sin responderme me dijo todo, y así comenzó.
Teníamos toda la vida por delante, literalmente. Éramos casi unos niños al encontrarnos, no digo al conocernos porque eso venía creo que genéticamente. Cómo ciertas nociones que son inexplicables para la ciencia, cómo la creencia en seres superiores; o en las nociones de espiritualidad. Nacimos conociéndonos, solo fue cuestión de encontrarnos. Bueno, eso les pasa a todos, solo que el milagro del encuentro se produce en contadas ocasiones. U ocurre en momentos en los que no estamos capacitados para descubrirlo, para darnos cuenta que está ocurriendo. O nos agarra lejos, comprometidos, inseguros, cobardes. O no pasa nunca directamente, para qué seguir la enumeración absurda. Generalmente no ocurre, y hay que conformarse. O hacerse cura.
Así transcurrió nuestra vida, con todos los tópicos del amor. Tardes de paseos de la mano por plazas y parques, que inevitablemente terminaban en una calle poco transitada, besándonos desesperadamente, con hambre contra la pared de alguna casa que nos prendía las luces para espantarnos, hirviendo de envidia por nuestra energía, nuestra desfachatez. O corriendo mojados. Mojados porque no nos dimos cuenta que estaba lloviendo, y corriendo porque perdimos la noción del tiempo y había que cumplir horarios con el resto del vulgar Universo.
Noches de salidas con amigos, con la inevitable discusión por celos, o porque sí, que concluían en una perpetua reconciliación en mi cama, o en la de algún amigo que nos prestaba las llaves de su casa para que por un rato seamos inmortales. Y cerrarle esa boca perfecta a besos, para que no hable más, para que se calle, se olvide de los reproches estúpidos y se quede sin aire casi. Esa boca que ahora miro y parece no tener el gesto que me derretía.
Madrugadas que terminaban en mañanas yendo hasta el río, a ver como otras parejas iban a ver a otras parejas que iban al río a esperar la mañana. Y reírnos de esas parejas, que se reían de nosotros, seguramente por cómo nos reíamos.
Y vasos, besos y fasos compartidos en camas, sillones, sillas. Y peleas, reconciliaciones, discusiones, celos; amigos en común, enemigos particulares. Todo lo hicimos juntos, un poco por convicción, mucho por conveniencia, más por indolencia.
Nos creímos lo del amor eterno, y todo lo que ello conlleva. Y ahora al verla en mi cama, estoy más convencido que nunca. Me siento a observarla, está desnuda y hermosa como siempre. La despertaría a besos, o acariciándoles los pies. Le acomodaría suavemente el pelo, porque sé que no lo soporta y eso la inquietaría y abriría dulcemente sus ojos. Esos ojos que anoche me blindó, y no dejó que penetre con los míos. Pero no puedo, debo culminar mi tarea, y como lo prometí y lo deseé, haremos todo, pero juntos. Deberé cortarme el cuello, como lo hice con ella, y acostarme a su lado. Quizás la unión de nuestra sangre en la ensangrentada cama, produzca un milagro más, o un conjuro, un pacto que no puedo presagiar. Y seremos eternos.


"Naturaleza sangre,
naturaleza sangre, 
naturaleza.
Fuimos hechos para huir,
fuimos hechos para fingir
y tu amor, me salva"
Fito Páez, "Naturaleza sangre"



lunes, 3 de diciembre de 2012

Encontrar


Encontrar


Algo me oprimía el pecho, estaba acostado desde hacía horas pero no podía dormir. La espalda contra el piso frío, sin el parquet ya, solo sobre una inclemente carpeta de cemento. Mirando el techo, despojado del cielorraso que metódicamente había quitado el día anterior, trataba de encontrar algún resquicio que pudiese contener lo que buscaba.
Se hacía más difícil manejarme con esa linterna, ya que en mi desesperación, interrumpí el suministro eléctrico para desprender toda la instalación y revisar sus caños, sus cables, sus bocas. Bueno, no estaba para ese tipo de análisis tan racionales. Supongo que era de noche, porque al desmontar las ventanas que dan a los balcones y al pulmón interno del edificio, para tratar de desarmarlas y ver si allí había algo, logré que  la luz externa sea otra de mis fuentes lumínicas, pero en este momento no me ayudaban nada. Así que supongo que era de noche, o anochecía. Sólo la puerta que da al pasillo estaba todavía intacta, porque me aterraba la idea de que alguien me encontrase y me obligase a salir en esas condiciones.
La habitación y la pequeña cocina fue lo primero que escruté detenidamente, cuando me convencí  de que no saldría sin localizarlos. Así, el colchón (obviamente, siempre se empieza por reventar  el colchón en cualquier búsqueda desesperada); las almohadas; el pequeño placard, con  todo lo que contenía; la cama, sus patas y respaldar; la inútil mesa de luz, la lámpara que la adornaba. Todo fue escudriñado detalladamente, y una vez comprobado su vacío, revoleadas hacia el patio común, para que no moleste en la tarea a efectuar. Más complicado fue en la cocina, mi pequeño mundo. Desmontar la heladera, con todo lo que contenía. El aparador, con víveres y recuerdos familiares; la mesa y las dos sillas. La tv, la pc, el equipo de audio. Todos los objetos confortables que había acumulado con el esclavizante trabajo que tenía, que por otra parte tuve que abandonar toda esta semana como consecuencia de esta exploración, fueron debidamente desarmados, revisados y despedidos por la ventana de mi minúsculo y ahora sí, casi desierto departamento.
El baño fue sencillo, desde que ella se me fue hace unos meses, nunca repuse nada. Dos frascos, algunos potes, unas botellas. Desprender el inodoro y la grifería de la ducha, el espejo y no mucho más. Todo debidamente echado a la pila que el patio seguía acumulando, como rastro indisoluble de la frenética revisión.
Creo que a los vecinos le estaba molestando, porque los golpes en mi puerta y los murmullos en el pasillo fueron primero leves; después más insistentes y ahora se escuchaban casi resignados. Sólo el teléfono móvil a mano, mi única conexión con lo externo. Con el avisé al trabajo que no podía asistir porque no estaba en condiciones de salir. Seguro suponen que es por ella.  Con el llamé a ella diciéndole que sería bueno que me venga a acompañar y a ayudar, que seguramente tendría alguna pista, rastro o huella de lo que me urgía encontrar.  Seguro supuso que era por ella.
No me animé a llamar a ninguno de mis amigos, incluso me negué a atender algún llamado mientras examinaba y proseguía con mi trabajo. No podía permitirme distracción alguna. “Apenas pueda te llamo”, fue el mensaje que dejé en mi contestador para que jefes, amigos, acreedores y dealers supiesen que estaba demasiado ocupado como para atenderlos. Todos ellos supongo que piensan que es por ella. No importa, son unos obsesos de mierda.
Así que, bueno. Perdí ya demasiado tiempo recordando todo esto, debería continuar. Me quedan los zócalos y las baldosas del baño, ya que el resto de los pisos fue removido, con la consiguiente limpieza. Sin persianas ya, sin cielorrasos. Lo tengo que encontrar, es ineludible para poder continuar mi vida.
Lo que busco debe andar por acá, no puede estar muy lejos. Ya voy a saber qué es lo que estoy buscando, y va a ser todo mucho más fácil.


No sé lo que quiero, pero lo quiero ya, 
no sé lo que quiero, pero lo quiero ya, 
No sé!”
Lo quiero ya, Luca Prodan, Sumo 


lunes, 26 de noviembre de 2012

In Evitable


In Evitable

Primero fue algo que percibí muy lejano, como un reflejo del que uno no reconoce el origen. Me inquietó apenas, pero no llegó a ser más que eso, una distracción.
Hacía meses que compartíamos un apartamento en el centro de la ciudad, y más que una pareja, podíamos definirnos como socios en esa aventura. Nos conocimos porque debía pasar, fue algo ineludible. Respetábamos nuestras posiciones ganadas, y colaborábamos mutuamente para que el otro tenga menos escollos para alcanzar sus metas a corto y mediano plazo. Nunca nos propusimos nada que requiriese un extenso desarrollo, un plan metódico con un compromiso que involucrase promesas y juramentos de esos que ya están condenados a diluirse con el simple paso del tiempo. Y así seguíamos sumando días en esta convivencia conveniente.
Un poco más adelante ya hubo síntomas de que no era algo que yo imaginaba. El ambiente en general estaba tomando otra importancia. De repente, y de la nada yo no dejaba de pensar en ella. Y de la misma manera, ella entraba a la casa casi a las corridas, llamándome por mi nombre. Yo asustado salía a su encuentro a ver si algo le había sucedido, y no. Con un gesto entre el temor y la vergüenza, me decía que nada, que no pasaba nada. Que solo quería saber si estaba.
Empezaron las llamadas vía celular, y a los teléfonos fijos del trabajo. Esto último era más inquietante, porque de esta manera no había forma de que uno le dijera al otro mentira alguna. O estabas allí, y la sola respuesta al llamado (respuesta que por supuesto que garantizaba que ahí estabas) era suficiente para que del otro lado de la línea corten; o no estabas y eso era la habilitación para un inmediato y casi desesperado llamado al móvil. De ese llamado, se esperaba primero una respuesta que tranquilice al otro de que todo estaba bien; para luego casi pedir una detallada explicación de dónde estábamos; por qué estábamos allí; con quién estábamos; y hacia donde nos llevarían nuestros próximos pasos. Y lo preocupante realmente que no era una obsesión unidireccional. No, era de ella hacia mí; y de mí hacia ella.
Todo fue más claro y evidente, y ya fue imposible disimularlo, cuándo la delgada línea que siempre separa a quiénes conviven entre “lo mío” y “lo tuyo”, desapareció casi por completo. Sin darme cuenta, yo reclamaba por discos que ella había prestado, y al hacer memoria recordaba que eran sus discos. Los libros que ella me reprochaba por no encontrar, eran mis libros. El colmo fue la noche que al ir a acostarnos, dábamos vuelta por la habitación haciéndonos los distraídos. Yo, porque no recordaba cuál era mi lado en la cama, y no me animaba a confesárselo. Ella, según me dijo después, estaba confundida porque no sabía si la almohada rectangular era la suya, o la anatómica. Y pensándolo bien, si me hubiese preguntado, yo tampoco lo hubiese respondido con seguridad.
A la mañana siguiente de esa noche, después de pasármela mirando el techo casi inmóvil, y sintiendo como ella se retorcía en su costado (o el mío, no estaba seguro aún) porque seguramente la almohada que había tomado no era la de ella, y es imposible dormir con una almohada incómoda, nos alistamos para emprender la rutina laboral casi sin hablar. Digo casi porque mecánicamente dije un automatizado “buen día”, que fue respondido de la misma manera. Eso, y las preguntas sobre la temperatura que reflejaba la pantalla de la tv; el comentario sobre el problema de la gente sin hogar ahora que se viene el invierno; y la crítica vacía y snob a los looks de la alfombra roja de la entrega de premios de la noche anterior en Hollywood; fue todo lo que nos dijimos. En realidad, excusas para no hablar de lo que nos pasaba, de algo que se caía de maduro y que inevitablemente iba a terminar por explotar. Así, levantamos las tazas del desayuno casi sin mirarnos para no provocar la charla. Y cuando me dijo esperame que ya salimos, no aguanté más. Con el pecho reventándome por el galope del corazón, la boca seca y los ojos al borde de la mariconeada, le dije tembloroso:
-¿Por qué evitarlo? No se aguanta más esta situación-
Ella reaccionó casi imitándome, o yo creí ver en ella mi rostro, la réplica de mis sensaciones, gestos y vacilaciones. Y sólo dijo:
-Tenés razón, es inútil escaparse- y me beso como si fuese la primera vez. Y era la primera vez, si contamos como primera vez el beso que se dan las personas que pierden el miedo. Si contamos por primera vez el beso que se dan dos personas cuando se dan cuenta que sí, que van jugar a la vida eterna. Aunque esta se termine mañana.



“Un día de estos te doy un susto y te pido, 
seria y formalmente, que te cases conmigo. 
Ay, mi vida, un día el susto te lo doy yo a ti, 
y si me preguntas, te respondo que "sí".”
“Pequeña criatura”, Ismael Serrano