viernes, 28 de diciembre de 2012

Revancha


Revancha

Comencé los preparativos en septiembre. Era algo que venía masticando desde hacía años, desde que decidí ese odio inicial lo iba a transformar en algo que me permita una reivindicación, la posibilidad de obtener algún tipo de resarcimiento, al menos moral. En realidad, al comienzo no fue odio, fue una pequeña decepción, una simple disconformidad. Con el pasar de los años, eso fue tornándose algo más importante. Y por momentos, como ahora, fue mi principal objetivo en la vida, resolver ese entripado.
El tema es que este septiembre decidí que hasta aquí había llegado. Ante la incredulidad de mis vecinos, un día me vieron remover un grupo de tejas del techo de mi casa, y terminar de construir una chimenea qué, en el interior de mi hogar, ya estaba concluida. De más está decir que no era la única casa con chimenea, pero que la empiece a construir apenas terminado el invierno, eso fue lo que llamó la atención. Más cuando respondía con evasivas ante las consultas sobre el motivo de la construcción. O respondía vaguedades, mencionando cierta “cuenta pendiente” que tenía, y no aclaraba con qué, ni con quién. Así, en unos pocos días y ante la mirada atónita de mis vecinos, concluí la construcción. Solo restaba esperar que pasaran los días, y resolver los detalles restantes.
Terminados los preparativos, solo faltaba ajustar pequeños pormenores. Llamé a mi familia, y le dije que me habían invitado a viajar, y que me disculpen, que ese fin de año sin falta lo pasaría con ellos. Que no se preocupen por mí, y que si llamaban amigos, o incluso si alguno pasaba por allí, le digan eso. Incluso una semana antes les lleve el perro, para que no sospechasen nada. Que ella no llamaría, porque estaba todo acordado. Mentía, hacía meses que no me llamaba, ni siquiera respondía mis mensajes. Pero eso me daba la pauta de que no llamaría.
Lo mismo le dije a mis vecinos, que no iba a estar en casa, pero que no me llevaba el auto, por si alguno de los chicos espiase por la cerradura del garaje y lo viese. Así nadie interrumpiría mi plan, nada o podía afectar.
Nervioso, los últimos dos días lo pasé encerrado, pensando en el momento del encuentro a cada segundo. No pude pegar un ojo durante esos días, entre los nervios, el cigarro y el whisky que había empezado a ingerir para darme ánimo. Al fin, iba a saldar cuentas con él, cara a cara. Desde las casas vecinas, debido al insoportable calor que se padecía, todos cantaban, bailaban y reían a carcajadas en sus patios. Todo eso que él me hizo detestar por el desencanto que luego me obnubilaba, por ese rencor que fue sembrando en mi espíritu desde niño. Y en ello empecé a pensar, en tantas noches viendo como todos, menos yo, obtenían lo que deseaban. Ni una vez, estuvo cerca de satisfacer mis peticiones. Nunca, pero nunca. Y mientras se llenaban mis ojos de lágrimas por bronca, por resentimiento, durante un segundo creí caer rendido por el sueño, y eso me alivió un poco. Un instante después, un violento estallido me hizo saltar del sillón que estaba frente a la chimenea. La única venta que permitía la entrada de luz, la claraboya de la cocina, resplandeció fulgurante por la explosión de una bengala multicolor. Arrebatado, busqué el reloj despertador que tenía a mano, y miré la hora. Apenas pasaditas las 12…Instintivamente fui hacia la chimenea, y metiendo la cabeza en ella, vi una tenue sombra que se estaba deslizando fuera de ella. Le grité que se detenga, preguntando además quien era. No me respondió, por lo que salí corriendo al patio, ante la mirada sorprendida de mi vecino, que estaba encendiendo una cañita voladora para su hijo. Mi cara, tras dos días sin dormir, con whisky y tabaco como única ingestión, debía asustar. Más si le sumábamos los ojos inyectados en sangre, y el gesto de malevolencia que me quedó después de haber sentido que perdí una oportunidad única. Con desprecio miré a los demás vecinos, e ingresé en mi casa vencido. Todo el plan había fracasado por un segundo de desatención, algo que no me perdonaba. Desencajado todavía, fui a buscar la botella, para al menos aliviar esa sensación con el resto de alcohol que me quedaba. En eso, miré el árbol que por costumbre había armado como todos los años. Al pie del mismo, un pequeño paquete plateado, que reflejaba las luces que lo adornaban.
Por un segundo dudé que hacer, pero me ganó la esperanza, la sensación de creer que al fin lo había resuelto. Desesperado, destrocé el paquete, y lo primero que ví fue una nota, parecida o igual a la que tantas veces había visto, que decía: “Espero que sea lo que estabas esperando. Felicidades!”. Y después de leerla, abrí la bolsita que contenía el paquete, y me encontré con el obsequio.
Como cada año, aunque variaba el tamaño, el color y hasta los modelos, un par de medias y un calzoncillo me esperaban como regalo.



“La venganza nunca es buena, mata el alma y la envenena”
Roberto Gómez Bolaños, “El Chavo del 8”


lunes, 17 de diciembre de 2012

Esta noche


Esta noche

Cuando anochece, mi espera tiende a hacerse eterna, aunque cada vez falte menos. Ansiosa, susceptible, empiezo a imaginar el encuentro, sin esperar la concreción del mismo. Siempre es así: la víspera es tan emocionante como el escenario. Ya estoy en clima, y la ducha será un detalle más, aunque servirá de relajante, mientras aguardo que llegue. Y empiezo a conjeturar.
Me va a besar suavemente al llegar, mientras me observa con esos ojos con los que me viste y me desviste, ese borde indistinguible entre la ternura y la lascivia. Vamos, como nos gusta a todas que nos miren. Después de darme el ramo de jazmines que trae en su mano izquierda, y dejar el vino que trae en la derecha sobre la mesa, me alzará levemente mientras disfruta el aroma del perfume que me puse en el cuello para eso, para que él lo disfrute. Y comenzará a acariciar mi cabello, mi frente, mis mejillas.
Antes de que pueda recuperarme, me dirá que me siente, que él se encarga de todo. Esas velas aromatizantes que enciende, sé que no son de su gusto, pero sabiendo lo que yo las disfruto, las enciende para crear un clima de luces tenues y perfume en el aire. La cena está casi lista, ya desde anoche el había dejado todo en orden, hasta el último de los detalles. Nada sofisticado, sabe que odio lo snob. Y poco importa la comida, aunque él esté hambriento por haber trabajado todo el día. Pero sabe que soy una mujer como todas, en ese estado de dieta eterna después de los 20.
Una vez que levante la mesa, dejando solo las copas y el vino, la charla se concentrará en mis intereses. Me dirá que sí, que nos casaremos cuando yo se lo pida. La fiesta será como el de una princesa, y mi padre me entrará a la iglesia del brazo, después de recorrer el centro de la ciudad en un carruaje tirado por dos caballos blancos, impecables. Y allí estará él, con los ojos llenos de lágrimas y el anillo de mis sueños en el bolsillo interno del jaquet, al ladito del corazón.
“Tendremos los hijos que quieras -me dirá-, porque vos tenés que concretar tus sueños profesionales, y yo voy a acompañarte para realizarlos”. Un niño, porque sabe que son mi debilidad. Y agregará:"Una niña también: tu belleza debe heredarse”.
Y superado ese momento de charla sobre nuestros proyectos, se interesará por las cosas que le cuento, aunque sean superficiales, aunque hable de gente que él no conoce. Le hablaré con un poco de envidia de mis amigas, o le contaré que alguna habló de mí y que yo creo que lo hizo por envidia. Me preguntará como anda mi familia, y me dirá que mi vieja es casi una madre para él, que así la ve. “Y que genio tu viejo, yo quiero ser como él”, agregará. Preguntará cuando viene a comer con nosotros alguna de mis hermanas, o por qué mejor no vienen todas. Por mi hermano también, me dice que no se haga problemas, que aunque le destrozó el auto la última vez que lo usó, están las llaves a su disposición cuando lo necesite. Y las del departamento en la playa también, aunque todavía está en reparaciones de la última vez que fue con esos siete amigos. Y mientras me escucha, me dirá que me ama, que me extraña, que no puede vivir sin mí. Y así, en un arranque de pasión, me llevará en brazos a nuestra habitación.
Entonces ya no puedo esperar por él. Salgo de la ducha, me perfumo como a él le fascina y termino con los preparativos. Cierro la puerta con llave, pongo el pasador. Desconecto el teléfono. Cierro las ventanas, y corro cortinas, y cierro persianas. Me quedó así, como salí de la ducha, desnuda sobre la blancura de las sábanas que puse hace un rato.
Y ahora sí, me esfuerzo por dormirme, y funciona. Es que no soporto más la espera para encontrarme con el hombre de mis sueños.


"Todo el tiempo estoy pensando en ti,
en un brillo del sol, y una mirada tuya, soñé
Si te soñé, y te soñé y te soñé una vez mas...
si te soñé, y te soñé y te soñé una vez mas..."

"Soñé", Zoé


lunes, 10 de diciembre de 2012

Dormida


Dormida


Cuando regresé a la habitación, seguía igual.
Los párpados cerrados no impedían que viese sus ojos, porque los tenía alojados en los míos, en mi memoria, desde la primera vez que me miró. Yo solía decirle que eran un abismo, un mar inconmensurable en el que me gustaba perderme, viajar, volar. Sí, todos los lugares comunes y las frases cursis que había escuchado por ahí. Pero ella sabía que cuando se lo decía, no estaba el poder en las palabras rebuscadas, si no en la intención, en el sentido, en el sentimiento.
Habíamos jurado decirnos siempre la verdad, fue la única condición que nos impusimos. No importaban las consecuencias, nunca importaron. Desde el fortuito encuentro, en el que no tuve la mejor idea que encararla preguntándole si creía en el amor a primera vista, para que riendo casi a carcajadas me respondiese preguntando si acaso existen otros. Sin responderme me dijo todo, y así comenzó.
Teníamos toda la vida por delante, literalmente. Éramos casi unos niños al encontrarnos, no digo al conocernos porque eso venía creo que genéticamente. Cómo ciertas nociones que son inexplicables para la ciencia, cómo la creencia en seres superiores; o en las nociones de espiritualidad. Nacimos conociéndonos, solo fue cuestión de encontrarnos. Bueno, eso les pasa a todos, solo que el milagro del encuentro se produce en contadas ocasiones. U ocurre en momentos en los que no estamos capacitados para descubrirlo, para darnos cuenta que está ocurriendo. O nos agarra lejos, comprometidos, inseguros, cobardes. O no pasa nunca directamente, para qué seguir la enumeración absurda. Generalmente no ocurre, y hay que conformarse. O hacerse cura.
Así transcurrió nuestra vida, con todos los tópicos del amor. Tardes de paseos de la mano por plazas y parques, que inevitablemente terminaban en una calle poco transitada, besándonos desesperadamente, con hambre contra la pared de alguna casa que nos prendía las luces para espantarnos, hirviendo de envidia por nuestra energía, nuestra desfachatez. O corriendo mojados. Mojados porque no nos dimos cuenta que estaba lloviendo, y corriendo porque perdimos la noción del tiempo y había que cumplir horarios con el resto del vulgar Universo.
Noches de salidas con amigos, con la inevitable discusión por celos, o porque sí, que concluían en una perpetua reconciliación en mi cama, o en la de algún amigo que nos prestaba las llaves de su casa para que por un rato seamos inmortales. Y cerrarle esa boca perfecta a besos, para que no hable más, para que se calle, se olvide de los reproches estúpidos y se quede sin aire casi. Esa boca que ahora miro y parece no tener el gesto que me derretía.
Madrugadas que terminaban en mañanas yendo hasta el río, a ver como otras parejas iban a ver a otras parejas que iban al río a esperar la mañana. Y reírnos de esas parejas, que se reían de nosotros, seguramente por cómo nos reíamos.
Y vasos, besos y fasos compartidos en camas, sillones, sillas. Y peleas, reconciliaciones, discusiones, celos; amigos en común, enemigos particulares. Todo lo hicimos juntos, un poco por convicción, mucho por conveniencia, más por indolencia.
Nos creímos lo del amor eterno, y todo lo que ello conlleva. Y ahora al verla en mi cama, estoy más convencido que nunca. Me siento a observarla, está desnuda y hermosa como siempre. La despertaría a besos, o acariciándoles los pies. Le acomodaría suavemente el pelo, porque sé que no lo soporta y eso la inquietaría y abriría dulcemente sus ojos. Esos ojos que anoche me blindó, y no dejó que penetre con los míos. Pero no puedo, debo culminar mi tarea, y como lo prometí y lo deseé, haremos todo, pero juntos. Deberé cortarme el cuello, como lo hice con ella, y acostarme a su lado. Quizás la unión de nuestra sangre en la ensangrentada cama, produzca un milagro más, o un conjuro, un pacto que no puedo presagiar. Y seremos eternos.


"Naturaleza sangre,
naturaleza sangre, 
naturaleza.
Fuimos hechos para huir,
fuimos hechos para fingir
y tu amor, me salva"
Fito Páez, "Naturaleza sangre"



lunes, 3 de diciembre de 2012

Encontrar


Encontrar


Algo me oprimía el pecho, estaba acostado desde hacía horas pero no podía dormir. La espalda contra el piso frío, sin el parquet ya, solo sobre una inclemente carpeta de cemento. Mirando el techo, despojado del cielorraso que metódicamente había quitado el día anterior, trataba de encontrar algún resquicio que pudiese contener lo que buscaba.
Se hacía más difícil manejarme con esa linterna, ya que en mi desesperación, interrumpí el suministro eléctrico para desprender toda la instalación y revisar sus caños, sus cables, sus bocas. Bueno, no estaba para ese tipo de análisis tan racionales. Supongo que era de noche, porque al desmontar las ventanas que dan a los balcones y al pulmón interno del edificio, para tratar de desarmarlas y ver si allí había algo, logré que  la luz externa sea otra de mis fuentes lumínicas, pero en este momento no me ayudaban nada. Así que supongo que era de noche, o anochecía. Sólo la puerta que da al pasillo estaba todavía intacta, porque me aterraba la idea de que alguien me encontrase y me obligase a salir en esas condiciones.
La habitación y la pequeña cocina fue lo primero que escruté detenidamente, cuando me convencí  de que no saldría sin localizarlos. Así, el colchón (obviamente, siempre se empieza por reventar  el colchón en cualquier búsqueda desesperada); las almohadas; el pequeño placard, con  todo lo que contenía; la cama, sus patas y respaldar; la inútil mesa de luz, la lámpara que la adornaba. Todo fue escudriñado detalladamente, y una vez comprobado su vacío, revoleadas hacia el patio común, para que no moleste en la tarea a efectuar. Más complicado fue en la cocina, mi pequeño mundo. Desmontar la heladera, con todo lo que contenía. El aparador, con víveres y recuerdos familiares; la mesa y las dos sillas. La tv, la pc, el equipo de audio. Todos los objetos confortables que había acumulado con el esclavizante trabajo que tenía, que por otra parte tuve que abandonar toda esta semana como consecuencia de esta exploración, fueron debidamente desarmados, revisados y despedidos por la ventana de mi minúsculo y ahora sí, casi desierto departamento.
El baño fue sencillo, desde que ella se me fue hace unos meses, nunca repuse nada. Dos frascos, algunos potes, unas botellas. Desprender el inodoro y la grifería de la ducha, el espejo y no mucho más. Todo debidamente echado a la pila que el patio seguía acumulando, como rastro indisoluble de la frenética revisión.
Creo que a los vecinos le estaba molestando, porque los golpes en mi puerta y los murmullos en el pasillo fueron primero leves; después más insistentes y ahora se escuchaban casi resignados. Sólo el teléfono móvil a mano, mi única conexión con lo externo. Con el avisé al trabajo que no podía asistir porque no estaba en condiciones de salir. Seguro suponen que es por ella.  Con el llamé a ella diciéndole que sería bueno que me venga a acompañar y a ayudar, que seguramente tendría alguna pista, rastro o huella de lo que me urgía encontrar.  Seguro supuso que era por ella.
No me animé a llamar a ninguno de mis amigos, incluso me negué a atender algún llamado mientras examinaba y proseguía con mi trabajo. No podía permitirme distracción alguna. “Apenas pueda te llamo”, fue el mensaje que dejé en mi contestador para que jefes, amigos, acreedores y dealers supiesen que estaba demasiado ocupado como para atenderlos. Todos ellos supongo que piensan que es por ella. No importa, son unos obsesos de mierda.
Así que, bueno. Perdí ya demasiado tiempo recordando todo esto, debería continuar. Me quedan los zócalos y las baldosas del baño, ya que el resto de los pisos fue removido, con la consiguiente limpieza. Sin persianas ya, sin cielorrasos. Lo tengo que encontrar, es ineludible para poder continuar mi vida.
Lo que busco debe andar por acá, no puede estar muy lejos. Ya voy a saber qué es lo que estoy buscando, y va a ser todo mucho más fácil.


No sé lo que quiero, pero lo quiero ya, 
no sé lo que quiero, pero lo quiero ya, 
No sé!”
Lo quiero ya, Luca Prodan, Sumo 


lunes, 26 de noviembre de 2012

In Evitable


In Evitable

Primero fue algo que percibí muy lejano, como un reflejo del que uno no reconoce el origen. Me inquietó apenas, pero no llegó a ser más que eso, una distracción.
Hacía meses que compartíamos un apartamento en el centro de la ciudad, y más que una pareja, podíamos definirnos como socios en esa aventura. Nos conocimos porque debía pasar, fue algo ineludible. Respetábamos nuestras posiciones ganadas, y colaborábamos mutuamente para que el otro tenga menos escollos para alcanzar sus metas a corto y mediano plazo. Nunca nos propusimos nada que requiriese un extenso desarrollo, un plan metódico con un compromiso que involucrase promesas y juramentos de esos que ya están condenados a diluirse con el simple paso del tiempo. Y así seguíamos sumando días en esta convivencia conveniente.
Un poco más adelante ya hubo síntomas de que no era algo que yo imaginaba. El ambiente en general estaba tomando otra importancia. De repente, y de la nada yo no dejaba de pensar en ella. Y de la misma manera, ella entraba a la casa casi a las corridas, llamándome por mi nombre. Yo asustado salía a su encuentro a ver si algo le había sucedido, y no. Con un gesto entre el temor y la vergüenza, me decía que nada, que no pasaba nada. Que solo quería saber si estaba.
Empezaron las llamadas vía celular, y a los teléfonos fijos del trabajo. Esto último era más inquietante, porque de esta manera no había forma de que uno le dijera al otro mentira alguna. O estabas allí, y la sola respuesta al llamado (respuesta que por supuesto que garantizaba que ahí estabas) era suficiente para que del otro lado de la línea corten; o no estabas y eso era la habilitación para un inmediato y casi desesperado llamado al móvil. De ese llamado, se esperaba primero una respuesta que tranquilice al otro de que todo estaba bien; para luego casi pedir una detallada explicación de dónde estábamos; por qué estábamos allí; con quién estábamos; y hacia donde nos llevarían nuestros próximos pasos. Y lo preocupante realmente que no era una obsesión unidireccional. No, era de ella hacia mí; y de mí hacia ella.
Todo fue más claro y evidente, y ya fue imposible disimularlo, cuándo la delgada línea que siempre separa a quiénes conviven entre “lo mío” y “lo tuyo”, desapareció casi por completo. Sin darme cuenta, yo reclamaba por discos que ella había prestado, y al hacer memoria recordaba que eran sus discos. Los libros que ella me reprochaba por no encontrar, eran mis libros. El colmo fue la noche que al ir a acostarnos, dábamos vuelta por la habitación haciéndonos los distraídos. Yo, porque no recordaba cuál era mi lado en la cama, y no me animaba a confesárselo. Ella, según me dijo después, estaba confundida porque no sabía si la almohada rectangular era la suya, o la anatómica. Y pensándolo bien, si me hubiese preguntado, yo tampoco lo hubiese respondido con seguridad.
A la mañana siguiente de esa noche, después de pasármela mirando el techo casi inmóvil, y sintiendo como ella se retorcía en su costado (o el mío, no estaba seguro aún) porque seguramente la almohada que había tomado no era la de ella, y es imposible dormir con una almohada incómoda, nos alistamos para emprender la rutina laboral casi sin hablar. Digo casi porque mecánicamente dije un automatizado “buen día”, que fue respondido de la misma manera. Eso, y las preguntas sobre la temperatura que reflejaba la pantalla de la tv; el comentario sobre el problema de la gente sin hogar ahora que se viene el invierno; y la crítica vacía y snob a los looks de la alfombra roja de la entrega de premios de la noche anterior en Hollywood; fue todo lo que nos dijimos. En realidad, excusas para no hablar de lo que nos pasaba, de algo que se caía de maduro y que inevitablemente iba a terminar por explotar. Así, levantamos las tazas del desayuno casi sin mirarnos para no provocar la charla. Y cuando me dijo esperame que ya salimos, no aguanté más. Con el pecho reventándome por el galope del corazón, la boca seca y los ojos al borde de la mariconeada, le dije tembloroso:
-¿Por qué evitarlo? No se aguanta más esta situación-
Ella reaccionó casi imitándome, o yo creí ver en ella mi rostro, la réplica de mis sensaciones, gestos y vacilaciones. Y sólo dijo:
-Tenés razón, es inútil escaparse- y me beso como si fuese la primera vez. Y era la primera vez, si contamos como primera vez el beso que se dan las personas que pierden el miedo. Si contamos por primera vez el beso que se dan dos personas cuando se dan cuenta que sí, que van jugar a la vida eterna. Aunque esta se termine mañana.



“Un día de estos te doy un susto y te pido, 
seria y formalmente, que te cases conmigo. 
Ay, mi vida, un día el susto te lo doy yo a ti, 
y si me preguntas, te respondo que "sí".”
“Pequeña criatura”, Ismael Serrano


lunes, 19 de noviembre de 2012

La cima del mundo

La cima del mundo


Observo detenidamente con la perspectiva que da la altura de mi posición, el mundo que me rodea.
El parque está espléndido hoy, el verde de las copas de los enormes árboles relucen con cada rayo de sol que los invade, las aceras del paseo, todavía un poco húmedas por el rocío del amanecer también resplandecen. Unos pocos transeúntes las surcan: Los entusiastas gimnastas que buscan a través de su figura expresar lo buenos que son, inmersos en esta sociedad en que las personas son evaluadas por su apariencia; los obsesionados ejecutivos y aspirantes a serlo que llegan ansiosos a sus oficinas, tempranísimo para impresionar a sus jefes, porque todos tenemos uno, y así poder mantener un status económico que les interesa más a los otros que a ellos, que preferirían la bohemia y el arte, pero se entregan a sus labores pensando en hipotecas, matrículas de colegios privados, joyas para sus esposas, mascotas de raza y el auto 0 km que se están por comprar; los trabajadores menos afortunados, aquéllos que cumplen horarios y órdenes, sin analizarlos siquiera porque entienden que eso es lo que les tocó, que la suerte al repartir las vidas que les correspondía a cada uno fue esquiva con ellos y ya está, es tarde para lamentarse. Y no mucha gente más, no de estos que se destacan por sus lamentables vidas.
Y estoy yo, aquí arriba. Observando, analizando y sopesando mi intervención, la necesidad de que esta ocurra como otras veces. Mi formación, mi preparación y mi certero análisis me permite este tipo de arbitraje, el de decidir con el poder que me fue concedido, si las personas que lamentablemente viven en este tipo de limbos sociales, son merecedoras de mi asistencia.
No es algo que se dispense a mano suelta, no. Se debe establecer un criterio, en este caso el mío, para evaluar si la intromisión es válida. Una vez que actúe, nada será para esas personas lo mismo. La vida que hasta allí llevaban será un triste y lejano recuerdo, un recuerdo irrecuperable. Pero tengo ese don, y me siento obligado a ejecutarlo, a realizar mi misión en la tierra más allá de evaluaciones de gente que no comprenderá que lo mío es algo superior, no entendible generalmente para personas del vulgo, para filósofos de cafetín o teólogos frustrados. No, hay acciones que escapan al entendimiento llano, al análisis superficial al que estamos acostumbrados  hacer sobre las situaciones que normalmente escapan a nuestro intelecto.
Por suerte hay gente como yo, y por suerte no soy el único. Mi método quizá me diferencie de otros, pero no somos pocos. Y como hoy estoy de muy buen humor, creo que será esta vez una intervención múltiple, y no las simples a las que acostumbro. Los elegidos serán dos, tres o más. Dependerá de cómo resulten las primeras dos, del revuelo que puedan generar.
Pero bueno, tanto filosofar está complicando mis objetivos. Debo realizar esto, y volver a mi hogar. O tal vez sea un buen momento para tomarme unos días e ir a visitarla, escapando un poco de mis obligaciones, ya sea con mi trabajo formal, como el que asumí al explotar mi don. Pasar toda la noche aquí arriba me generó cierta somnolencia, así que sólo me voy a tomar unos minutos más para beber un trago de mi petaca, y fumarme un cigarrillo disfrutándolo a pleno, pero sin pensar en nada más que en lo que voy a hacer después, que decididamente es ir a verla. Una vez que doy la última pitada al cigarro, y lo piso para apagarlo, ya estoy compenetrado y listo.
 Y elijo a aquella pareja que viene trotando del lado este del césped, son perfectos según mi criterio de hoy, qué es no tener criterio, sólo elegir caprichosamente. Tengo ese poder, me fue conferido por mi jefe. Me persigno, acomodo el fusil, y disparo. Cae el primero, y cuando la compañera va a reaccionar, la alcanzo con un disparo en la frente. Podría dispararle al vendedor de periódicos que viene a la carrera hacia ellos porque los tenía de frente y vio como cayeron, pero no. Es suficiente por hoy.
Me voy a verla a ella. Después de salvar a dos almas más de sufrir miserablemente su vida, creo que merezco que alguien me salve a mí de tanta responsabilidad.




"No le importa si su destino es violento
Va tranquila, la bala no tiene sentimientos
como un 
secreto que no quieres escuchar
la bala va diciéndolo todo sin hablar"

“La bala”, René Pérez Joglar, “Residente”, Calle 13



lunes, 12 de noviembre de 2012

Búsqueda



Búsqueda


Entrando a ese pueblo, estaba pensando seriamente en abandonar mi búsqueda. Mi caballo, el cuarto que cambiaba desde el inicio de mi expedición, se arrastraba a paso de hombre por el calor, el cansancio y la poca convicción con la que yo lo llevaba. Sí, creo que los caballos pueden presentir eso.
Sin provisiones, con apenas un poco de agua, llegamos a ese paraje perdido en la que probaríamos suerte, como tantas otras veces. Unas preguntas de rigor, la poca voluntad de la gente por prestarse a responder, cierta desconfianza en mi aspecto, que fue deteriorándose lenta pero inexorablemente, y mi cada vez menos paciente forma de efectuar esas preguntas, dificultaban mi trabajo cada vez más.
Cuando acepte la misión, no pensé que fuese una locura como resultó. Un sobre con el dinero suficiente para vivir cómodamente durante un año; una breve descripción de mi objetivo; y, por sobre todo, la tranquilidad de que nadie me iba a controlar, ni en los métodos, ni en los tiempos que esto me demandase. Parecía el trabajo ideal, aunque nunca supuse que esa simpleza escondía la trampa de mi futura obsesión.
Y así comencé por los lugares obvios, lugares que cualquier persona buscaría para que no la encuentren. Playas de mares azules y arenas blancas, con perdidas casitas en los perdidos médanos que alejan a curiosos y visitantes por su naturaleza indómita. Y nada.
Seguí por las montañas, con verdes praderas con unos picos nevados de fondo, con cabañas incrustadas en esa perfección, desafiando la belleza del paisaje con la imbecilidad de la creación humana. Y no.
Volví a la ciudad, con sus luces y sus tentaciones; sus pecados y la posibilidad de ser nadie, un anónimo multiplicado. Recorrí bares, cabarets, ferias, hoteles, iglesias. Mostré su fotografía, dije lo que sabía y no, tampoco estaba allí.
Y ahí comenzó mi obcecación. Ya no me importaba que el dinero se haya esfumado. No me interesaba que nunca nadie se contactó más conmigo para saber de cómo iba todo, de cuáles eran los resultados, de si estaba cerca, lejos o nunca había empezado. No, ahora era mí investigación, era una cuestión personal a la que me entregaba en cuerpo y alma, dejando de lado mi vida tal y como la conocía. Y así seguí, buscando adonde debía buscar, y donde no también, como este pueblito al que estaba entrando masticando tierra y desánimo.
Até a mi sacrificado compañero al palenque, vertí un poco de agua en el reseco bebedero para animales, e ingresé al bar. Nadie que asomase, que respondiese a mi saludo indagatorio. Hasta que desde el fondo, detrás del depósito de cajones de botellas vacías, una voz me respondió que ya sería atendido. Me senté a esperar agobiado por el calor y el cansancio, y la desidia del mundo hacia mí.
De ese oscuro lugar, una sombra con una maleta empezó a dibujarse a través de la puerta. Cuando la imagen se hizo clara, reconocí su rostro cómo si lo hubiese visto de frente como veces lo ví en la fotografía aquella que me acompañaba hace meses. Me paré de un salto, sorprendido y descolocado por la sorpresa. Cuándo iba a decir una palabra, se me adelantó y me dijo:
-Llegaste al fin. Pensé que nunca lo harías, que renunciarías, que desfallecerías y abandonarías la imposible tarea. Pero no, y eso nos premia a los dos. Vámonos, no hay nada en este pueblo para dos personas cómo nosotros. Nada que valore mi paciencia. Y mucho menos, nada que esté a la altura de tu certeza.
Y por primera vez en mi viaje, supe que las respuestas superaban a las preguntas. Y que ella tenía razón.

“Te busqué en otras mujeres, todas me dieron indicios
pude entrever los placeres, también adivinar los suplicios
te busqué mucho más lejos pero tú te adelantabas
me enseñabas el reflejo de tu risa y escapabas.”


Ariel Rot, “Te busqué”