lunes, 30 de marzo de 2020

Coelho


                                                                        Coelho

Canadá. Fue lo primero que se me cruzó por la cabeza cuando me preguntó casi llorando adónde mierda íbamos a ir. Mi mala memoria me hizo creer que estaba respondiendo con parte de la letra de “Patri”, que habla de buscar un tren que nos escupa bien lejos, Ciudad Evita, Madagascar, Yugoslavia o La Paternal. Y no, ni en eso la pegaba.
Obviamente se enojó todavía más, ante una respuesta casi tan idiota como el planteo de irnos que le había hecho y que generó la pregunta de ella. Me dijo que no diga boludeces, que ella sin la madre no se iba a ningún lado. Antes de responder que la llevábamos con nosotros, y que definitivamente me mande a la puta que me parió, se anticipó y me antepuso como impedimento la parte administrativa y legal. Y tenía razón, ni siquiera tengo DNI yo, menos pasaporte. Y ni hablar de una visa, siendo que no tengo una profesión que sea de gran demanda en ningún lugar del planeta. Ni siquiera acá,  me dijo para dejar en evidencia que soy un completo inútil para el mercado globalizado.
Y tenía razón en todo. Le estaba proponiendo irnos, y poder vivir tranquilos, lejos de todo. ¿Lejos de qué? Parecía que a pesar de haber leído por arrastre generacional la malísima novela del brasilero, todavía no había aprendido que uno se va con su carga en las valijas. Sean sueños, recuerdos, problemas, amores, condenas. Todo. Pero yo solo me quería ir con ella, después de darme cuenta de que no podía estar sin ella.
No era la primera vez que me pasaba esto, pero como cada vez, quería creer que era la definitiva. Canadá, pensaba mientras ella me largaba una perorata barroca de motivos para no seguir conmigo, y mucho menos irse a ningún lado. Yo la escuchaba casi ensimismado, mirándola casi por compromiso, pero sin que ella se diera cuenta. Había aprendido esta técnica en los seis meses a los que fui  a la Universidad, y que por llegar tarde siempre me tocaba la primera fila de pupitres, y los profesores me miraban, porque siempre miran a los boludos que están adelante. Y así estaba, mientras la veía mover la boca como si estuviera masticando las palabras parta escupirlas, y ese escupitajo me cayera asquerosamente entre la nariz y la boca, dejándome  un gusto amargo  de abandono, veneno, desazón, reproches tardíos y reclamos absolutamente innecesario. ¿Para qué pedir perdón, si ya no le importa?, diría el Flaco que siempre tiene la posta.
Cuando ella terminó, o eso al menos yo creía, casi mecánicamente saqué el teléfono del bolsillo, y le pedí que me ponga la clave del wifi. Me miró desconcertada, seguramente pensando que no podía ser más pelotudo, pedirle esa boludez casi sin registrar todo lo que ella me había dicho en ese largo y lacrimal discurso que duró unos largos minutos. Me lo sacó impetuosamente de las manos, y se fue a la heladera en donde tenía pegada con un imán la interminable clave que le puso la empresa de telefonía, al lado de un par de souvenires de cumpleaños a los que habíamos ido a aburrirnos juntos, y deliverys que jamás llamamos. Volvió caminando rápido, casi ansiosa de ver qué carajos estaba por hacer, mientras me revoleaba prácticamente el teléfono para devolvérmelo. Creo que le di  las gracias, y me puse a buscar lo que necesitaba.
Ella se quedó imperturbable a mi lado, mientras yo concentradísimo terminaba de hacer lo que estaba haciendo. Cuando terminé, unos minutos después  ante la atenta y descreída mirada de ella, me levanté y apunté a la puerta de salida, dándome por invitado a retirarme, aunque ella no me lo hubiera dicho directamente. Yo lo intuía de su monólogo racional y cobarde, de esa mirada de despedida, de esos ojos que me miraban resignados.
Era tarde además, y mi casa no quedaba cerca de la suya, y al otro día se laburaba. Creo que le dije hasta mañana, fingiendo estar ofendido porque ella no se había animado a irse conmigo. Y le mentí, una vez más. Mañana tenía turno para sacarme el DNI, recién lo había conseguido online. Y voy a pedir permiso para no ir a laburar mañana, con ese pretexto. La embajada de Canadá no queda lejos del Registro Nacional de las Personas. Chupala Coelho, yo me voy igual.

"...Y ya no esperarás, más de la cuenta,
y siempre serás la que yo soñé.
Y yo seguiré pensando que es peor,
amar y envejecer..."


Amar y envejecer, Las Pastillas del Abuelo.

miércoles, 25 de marzo de 2020

La Guerra


                                                    La Guerra       

-¡¿Qué me mirás, pelotudo!?-
El grito hizo dar vuelta a todos, y el silencio que se hizo pareció estar antecediendo la exclamación que sorprendió a todos, menos a él. En realidad, por supuesto que el silencio fue posterior a ese altisonante insulto, pero a todos les hizo olvidar qué estaban haciendo o hablando antes de eso. En eso se concentró toda la atención, mientras ella echaba fuego por los ojos, la boca cerrada como apretando los labios para no seguir destilando odio. Un odio que la vencía, ante la impávida cara de él, que se quedó parado al lado de su silla, mirándola con una paz que no podía más que desconcertar al resto, que estaba luchando contra su propia curiosidad, sin saber si reírse, intervenir a favor de alguno de los dos, o mirar con complicidad al que tenía más cerca.
Eso pareció durar una eternidad, como en las películas de cowboys cuando se están por batir a duelo los dos protagonistas. Ella jamás le quitó la mirada de los ojos, y el parecía mirarla sin ver. Atinó a sonreír, lo que pareció ser nafta en el fuego de los ojos de ellas, siempre tan dulces hasta en el color miel, pero una llama del infierno en ese momento, que él atizaba con cada mínimo gesto, que solo ella adivinaba o preveía. O los imaginaba, porque la cara de él era de una inexpresividad absoluta. Pero no, ahí estaban los dos ante la expectativa del resto. Alguien intentó decir algo, o lo hizo pero nadie llegó a entenderlo, mucho menos ellos dos. Cuando ella se paró, pareció llegar el clímax del enfrentamiento. Era más baja que él, como habitualmente ocurre en un encuentro así. Pero el ímpetu de ella, más la pasividad de él, los ponía casi cara a cara, la nariz de ella casi contra la de él, que se alejó un poco para evitar el roce, o el choque. Y cuando parecía inevitable el impacto, se abrió la puerta.
Todos sabían lo que eso significaba, así que sin dejar de mirarlos a ellos, que en su abstracción fueron los únicos que no se percataron de lo que estaba sucediendo, entre corriendo y saltando, se volvieron a sus lugares habituales, mirando a quién entró, que no llegaba a enterarse del todo de lo que estaba pasando. Solo les pidió a ellos que se sienten también, y ante la notable indiferencia, lo reiteró elevando la voz. Tampoco resultó efectivo eso. Entonces en lugar de ir a ubicarse a su lugar, se fue caminando, mientras miraba la cara alerta de todos, que esperaban su intervención, para descubrir de una vez por todas qué había pasado.
Con un preconcepto que casi en todos los casos se cumple, le preguntó a ella qué le había hecho él. Ella, aguantando el llanto y apretando las manos tanto que se clavaba las uñas en las palmas, guardó silencio. Entonces, siguiendo esa intuición que no falla, le preguntó a él qué pasó. 
Movió la cabeza como negando algo de lo que nadie lo había acusado, porque nadie entendía aún nada. Lo volvió a preguntar, esta vez dirigiéndose a los dos, pero mirando al resto, esperando que alguien se anime a decir algo. Y nada...
Cuando estaba por alterarse como habitualmente lo hacía, y emprender un discurso en el que seguramente acusaría a todos de lo que estaba pasando, para provocar de alguna manera que alguno hable y ponga negro sobre blanco, ella habló.
-No pasó nada, Seño.- Y se sentó,  la sonrisa  iluminándole la cara, y otra vez las pecas siendo el detalle que daba marco a ese rostro perfecto, al mismo tiempo que le daba la espalda a él, que aprovechando ese segundo de confusión, apuró el paso y se fue a sentar al fondo, que es el lugar en el que suelen sentarse los pibes como así.
Sin que nadie se diera cuenta, agarró el papelito que ella le había dado antes de que entraran todos, apenas terminó el recreo, y del que él se había reído como un imbécil, y se lo metió en el bolsillo chiquito del guardapolvo, doblado como lo había recibido. De los nervios, de no poder creer lo que ella le había escrito. De eso se rió.
La Seño, como hacen todas, siguió como si nada hubiera ocurrido. Como la vida misma. No sabía ella, ni nadie, que en ese “Me gustás”, de color rojo adornado con mariposas celestes estaba sintetizado lo que iba a significar el comienzo de una guerra que él ya había perdido.

"...Me asusta, tu guerra, menos
Que el alto el fuego en tu corazón..."
Alto el fuego, Jorge Drexler



lunes, 23 de marzo de 2020

Refugiado


Refugiado

Se asomó apenas por la ventana, asustado por la ausencia de ruidos que ya reconocía como familiares. El vecino que salía a correr después de las 6 de la mañana. La señora de enfrente que baldeaba a las 7 y media, indefectiblemente. El marido de esa señora, que encendía el auto a las 7:45, antes de que ella termine, pero se iba diez minutos después, exactamente cuando ella entraba, mientras el perro empezaba a ladrar rompiendo el silencio habitual de esa calle, que con las dos fábricas abandonadas que tenía, una en cada vereda, era más parecido a un callejón/vecindario, que al barrio de su infancia. ¿Sería entonces el momento?
La espera era interminable, desde que se refugió en la casa de su abuela materna, escapando de una condena segura. Ya había perdido la cuenta de cuánto había pasado allí, desterrado del mundo. Llegó con algunas cosas, y algunas cosas encontró. La abuela estaba de viaje, Europa el destino. Tenía para varios meses de resguardo asegurado allí, y quienes lo buscaban no lo iban a encontrar jamás en ese rincón perdido del Universo. Cuando se le terminó la merca, supo que debía aprovechar para dejarla, porque era una de las razones que lo llevaron ahí. El faso le duró un poco más, mitad porque el frasco era grande, mitad porque primero se tomó toda la frula. El problema, después de terminado el alcohol que había aniquilado cuando esnifó hasta lo que no tenía, fue que cuando quiso arrancar por la vida sana, se dio cuenta de que tenía poca yerba. Bah, poca no. Pero cuando estás encerrado, el mate es la única manera de pasar el tiempo, el hambre y la ansiedad. Y ahí fue que se preocupó realmente. Debía salir, aunque no había definido el cómo y el cuándo.
Hay adicciones que uno puede manejar, y otras que son las que lo manejan a uno. Se puso la campera de jean, cómo si eso sirviera para protegerlo del viento frío de esa calle que había cambiado su clima después de tantos días de encierro. Se fijó si tenía plata en los bolsillos del pantalón, que se volvió a poner después de andar tanto tiempo en short, que hasta sentía la incomodidad del roce en las rodillas. En el bolsillo de atrás, tres papelitos con cuatro números telefónicos, que le hicieron sentir el alivio de no haberlos perdido. El del amigo que lo iba a salvar en caso de que sea necesario,  el de las dos personas que más amaba en el mundo, y el de ella. No los iba a molestar, bastante los jodió tomando decisiones erradas. Y seguramente ella lo odiaba, o al menos eso le iba a decir, porque las personas que uno más ama, son muy crueles para hacernos sentir cuando la cagamos. Y algunos, siempre la cagamos.
Al fin encontró el billete que buscaba, y pensó que era el momento de salir: las tres de la tarde es el momento en que la gente pone el piloto automático, y nadie ve nada. Se la iba a jugar, ya no le importaba lo que pudiese pasar. Abrió la puerta que daba a la calle, que rechinó sus bisagras como si hiciera semanas que no se hubiese abierto. Y posiblemente eso era así, aunque no podía discernir esas cuestiones. Asomó la caripela como cuando de pibes salíamos del lugar en el que estábamos escondidos para librar a todos los compañeros, después de esperar interminables minutos, mirando para todos lados, y con el cuore latiendo fuerte por la adrenalina de tal vez ser descubiertos.
Salió al fin, las manos temblorosas de los nervios, buscando calor en los bolsillos de la campera. No llegó a caminar ni cinco pasos, cuando una luz de una sirena iluminó de azul la cuadra. Ese segundo eterno lo hizo dudar si correr, o entregarse mansamente a su destino. Ganó en su cabeza la primera opción, y cuando estaba por pegar el pique quien sabe adónde, la sirena lo inmovilizó, bloqueado por el miedo a ser acribillado por la espalda. Antes de darse vuelta, pensando todavía que se estaba despidiendo de la nada misma, regalado en esa calle vacía, sólo se le cruzó el recuerdo de esos tres papelitos de colores, esos tacos de anotación que lo podían haber salvado. O al menos, podían haber servido para irse con la tranquilidad de que el amigo, los pibes, o ella al menos, sepan cuanto los amaba, a pesar de haber sido lo que siempre fue. Con los ojos llenos de lágrimas, agachaba la cabeza cuando empezó a sentir que alguien modulaba un Handy, y de las bocinas del patrullero, una voz mecanizada y poco definida, le pedía que regrese a su domicilio, del que lo habían visto salir recientemente. Que la disposición del gobierno sobre el aislamiento y la cuarentena era inviolable. Y que de no hacerlo, sería detenido.
Con un gesto entre adusto y resignado, levantó su mano sin mirar al patrullero, y se pegó la vuelta al trotecito, haciéndose el boludo como solía acostumbrar. Tenía una chance más, aunque tenga que secar la yerba usada. O no tenga cómo puta llamar a esos cuatro números telefónicos.


"...Cuando estés bien en la vía
sin rumbo, desesperao.
Cuando no tengas ni fe
ni yerba de ayer secándose al sol..."


Yira, Yira. Enrique Santos Discépolo



lunes, 30 de julio de 2018

La Promesa

                                         La Promesa



Se despertó esa mañana distinto a como se despertaba habitualmente. La radio que lo acompañaba cuando dormía, y que muchas veces le guiaba lo que soñaba, cantaba la noticia que anunciaba que el tren que surcaba su ciudad, ahí nomás de su casa, estrenaba la electrificación de su servicio de terminal a terminal. Entonces decidió que ese era el día en el que cumpliría la promesa.
Le había dicho a ella que pronto la vería, y esta noticia lo ponía en el compromiso casi inevitable de convertir en hecho lo que la lengua había garantizado. Venía gambeteando la promesa desde hacía tiempo, siempre buscando excusas que ni él se creía, convenciéndose de que mañana o pasado lo haría. Ahora ya no tenía excusas, o en realidad tenía la excusa justa para no dejar pasar un día más. Así que con la habitualidad con la que lo hacía, pero con las ganas renovadas, puso la pava a calentar en la hornallita mientras cumplía el ritual mañanero de la ducha y el acicalado. La antigua jarrita de aluminio en la que guardaba la brocha, y la desgastada máquina a la que le puso la hojita de afeitar nueva que tenía guardada hace rato, serviría también de recipiente para contener el agua tibia, y para quitar la espuma y los restos del afeitado que iban quedando en la afeitadora a cada paso. Esta vez con más detenimiento en cada detalle del bigote y las patillas, aprovechando el radiante brillo del sol que entraba por la ventanita abierta para ver mejor ese rostro que hoy notaba renovado, y saliendo impecable justo cuando el agua empezaba a alborotarse por el inminente hervor que no llegaría a concretarse, quedando en el punto justo para que ese primer amargo con un toque de café le dé el impulso que le faltaba. La radio ya no era una compañera que le hablaba, si no la fuente de la que brotaba un tanguito o un blues, según el ánimo de ese programador que ya sentía un amigo, y que estaba convencido de que musicalizaba pensando en él. Los mates lo animaron hasta que se enfrió el agua un poco, pretexto suficiente para dejar ese rito y vestirse para salir. No tenía muchas pilchas en el ropero para elegir, así que se decidió por el traje que estuviese menos perjudicado por el paso del tiempo. Planchó la camisa silbando esa melodía de 2x4, y eligió la corbata que ella una vez le había elogiado, para terminar la tarea del apronte con un toque de ese perfume cuyo frasquito se mostraba casi seco.
Un último repaso de la pinta en el espejo del pasillo que lleva a la puerta de salida lo dejó conforme, y arrancó para la estación. La sonrisa la tenía dibujada, y ese ramito de azahares que rescató del jardín de la vecina cuando salía, completaba el cuadro perfecto de un tipo que se iba a encontrar con el amor. No importaba cuántos años cargaba, o sí su mejor su traje fuese de un estilo que ya tenía más de 30 años de estar pasado de moda. Era la actitud. O sólo eso: era su sonrisa dibujada y ese ramito.
Las poquitas cuadras que lo separaban a la estación las hizo en el aire, caminando sobre sus mejores recuerdos. Ni siquiera reparó en el palco oficial ni en las cámaras y periodistas que colmaban ese andén arreglado para el acto oficial, llenos de vecinos curiosos, políticos oportunistas, y empresarios inescrupulosos. Nada le importaba, solo saber que él cumpliría con su palabra. Obnubilado, apenas escuchando ese murmullo, sus sueños y recuerdos le llenaban la mente con la imagen de ella que lo esperaba. Solo un aplauso lo hizo atender lo que pasaba ahí cerquita suyo, porque eso indicaba que el circo estaba finalizando, y que el pitido daría la señal para que la máquina imponente y renovada comience a moverse. Camino unos pasos alejándose de la multitud un poquito más, casi hasta el primer paso a nivel. Y vió avanzar ese gigante de metal hacia donde él esperaba.

Algunos dicen que miró hacia arriba. Otros que miró hacia abajo. Los demás testigos dicen que no tuvo gesto alguno antes de acostarse sobre las vías con el ramito apretado contra el pecho. Todos dicen que nunca dejó de sonreír, convencido de que ya casi estaba con ella.



jueves, 8 de marzo de 2018

Punto de quiebre

                                       Punto de quiebre

Me desperté sobresaltado, por el rayo de sol que dejaba entrar la persiana apenas abierta, que justo me daba en la cara, entre ceja y ceja. No podía cerrarla porque se terminó de trabar la puerta que da al balcón anoche cuando decidí entrar y acostarme, y por  suerte se trabó cerrada. Manoteé el radio despertador, y titilaba a las 00:00. La puta madre, pensé. Se cortó la luz, por eso no sonó esta mierda. Estiré el brazo sin darme vuelta todavía, para confirmar que no, que ella no estaba, que no había venido. Ya lo sabía, pero intentar abrazar el hueco de su ausencia me lo confirmaba. Pensaba eso, y pensaba que hasta en los pensamientos uno roba frases de canciones para explicarse mejor. 
Decidí entonces levantarme, y encender la tv para ver la hora. Todavía no era tan tarde, y aún tenía el permiso del jefe para no ir, se me cruzó por el bocho. Pero ya está, algún dia tengo que volver a laburar, que sea hoy así dejo de pensar todo el tiempo en lo mismo.
Hace una semana, o más, en esta misma mesa en la que me siento a tomar mates mientras la tele le presenta noticias a nadie, ella me dijo que ya no aguantaba más. Que tenía que elegir: o se venía conmigo; o aceptaba la propuesta del novio, se metían en ese crédito hipotecario y se casaba. Que era una situación compleja para ella, que le dé unos días, que necesitaba tiempo y espacio. Que me amaba, pero también lo amaba a él. Que había llegado el momento de decidir, y que no quería que nada ni nadie interfiriese en su decisión, y que esta era la definitiva. Que si elegía estar conmigo iba apostar todo a eso, pero si  no, no me quería ver más, ni llamarme, ni escribirme, ni nada. Y yo, renunciando a mi dignidad y amor propio, la dejé ir llevándose mi promesa de amor eterno y de resignada espera. Y esa fue la última vez que la ví…Desde ese día la espero, después de que mi jefe me dijera que me venga a casa, porque era más un estorbo que una ayuda en la dependencia. Andá y vení cuando soluciones eso, me dijo. Y yo me fui, sabiendo que no sabía si “eso” tuviese solución alguna.
Y ella no vino, y creo que ya no va a venir. Así que hoy empieza mi vida sin ella, me digo mientras apuro el mate antes de salir. No tengo nada preparado, así que tengo que hacer todo a las corridas. Una ducha rápida, y listo. Me lavo los dientes y la cara por inercia, ni me miro al espejo. Lo primero que reviso, es que el celular tenga carga para poder ir escuchando música en el bondi, y me doy cuenta que el perrito destruyó el cable de los auriculares. Voy a reprender al perro y no lo encuentro por ningún lado, y de la bronca por lo que hizo, ni me caliento en buscarlo. Voy a salir así, casi sin tomar mates y sin música, algo que en otro momento me hubiese hecho quedarme sin dudarlo, pero tengo que salir, para dejar de pensar un rato. Cuando voy a cerrar, me doy cuenta que tengo la copia de la llave que no cierra a veces de afuera, porque la original se la di a ella. Me quedo, pienso durante un segundo, no puedo dejar abierto. No, no me quedo nada, me respondo. Le aviso al encargado y que esté atento. Bajo, y desde el palier le toco el timbre para avisarle, y no me responde. Insisto, y nada. Me voy igual, pienso. Nada me va a parar. Salgo a tomar el bondi, y cuando estoy por llegar a la parada, pasa el colectivo que me deja en el laburo, sin frenar. Ya son como las 10, y normalmente entro a las 8, pero no quiero que eso me venza. Espero el otro, que pasa indefectiblemente 40 minutos después, y cuando tiene que cruzar el riachuelo, un corte en el puente se lo impide. Entonces me bajo, y decido que me voy a tomar el día hoy también, aunque no se haya solucionado nada. Aunque justo venga el bondi que me devuelve a casa por la mano contraria,  no renuncio a la idea de no volver, y me voy a la plaza más cercana a pasar el resto de la tarde. Y ahí me quedo pensando en mí, en qué voy a ser con los proyectos interrumpidos o dejados de lado. Con mi laburo y con mis sueños. Y así, haciendo una introspección muy superficial,  paso el rato hasta que pego la vuelta, tal vez con una especie de sensación de alivio, tal vez creyendo “eso” solucionado de alguna manera. Tal vez porque quiero tomar mates, y ya.
Cuando llego a casa, me encuentro con la puerta cerrada. El pecho me estallaba de la presión que ejercía cada latido del corazón. Esto podía significar dos cosas: que el encargado se haya dado cuenta de que estaba la puerta abierta y la cerró con su copia, o que haya vuelto ella. Dos segundos me quedé frente a la puerta inmóvil, estúpido e inerte, cuando justo bajaba por la escalera el encargado. Me miró parado frente a la puerta, buscando mi llave en los bolsillos, y antes de que pueda preguntarle algo, me dice que por favor no vuelva a dejar el perro en el balcón, que ladró toda la tarde seguramente de hambre, y que los vecinos se quejaron. Le pregunto por qué no entró, que estaba abierto. Y me dijo que cómo iba a saberlo, y que él no entra si el dueño no se lo pide específicamente.
Entonces sonreí, ante la mirada atónita del encargado que no entendía nada, o quizás se sorprendía por esa mueca idiota que seguramente se me marcaba en el rostro, porque eso respondía mi duda: la puerta la cerró ella. Lo dejé al encargado hablando solo prácticamente, y entré. Fui temeroso a la habitación, y nada. Fui al baño, temblando. Nada. Dos ambientes no te dan muchas más chances de buscar. Desconcertado fui a buscar la pava para poner el agua, y ahí, abajo del mate encontré una nota. Una carta mejor dicho, porque eran dos hojas grandes, plagadas de palabras. No estaba equivocado: ella había venido. La necesidad de tomar mates funcionó como excusa para esquivar unos segundos esos párrafos que definirían mi vida. Puse la pava en el fuego, y me senté a leer. De manera muy formal, dejando escapar muchas excusas y algún sentimiento poco creíble, ella me decía que no me podía mentir, que nunca lo había hecho, y que mucho menos lo iba a hacer en esta oportunidad. Que vino decidida a quedarse conmigo, que esperaba que yo esté acá esperándola, porque antes de venir llamó a mi trabajo y le dijeron que yo estaba acá, porque tenía un problema personal, y me habían autorizado a quedarme hasta que se solucione. Que entonces eso le dio el último empujoncito, y se vino decidida. Que cuando llegó se encontró con la puerta abierta, y era una señal más de que la estaba esperando. Que entró y no me encontró, y que al escuchar ladrar al perro en el balcón, intentó abrir la puerta ventana pero que estaba trabada, que se había trabado porque yo no la había revisado y arreglado como me dijo ella hace casi dos meses. Y vió la cama deshecha, la tele prendida y las cosas del mate arriba de la mesa de la cocina, todo tal cual ella siempre me dijo que odiaba que lo deje. Y el plato sucio en la pileta. Y el baño todo salpicado y con agua por no secarlo. Y la pasta de dientes apretada por la mitad, no desde la base, destapada. Que eso no le dejaba dudas de que ahora hacía lo que siempre quise hacer, y que ya estaba viviendo con ella fuera de mi vida. Todo eso, pero sobre todo la animalada de dejar al perro afuera, le había hecho revertir su decisión. Que evidentemente yo era quien quería ser sin ella, y que no tenía derecho a cambiar eso. Y que volvía con el novio, que nunca se enteró de que ella había venido, porque salió después de que él se fuera a trabajar dejándole una nota para decirle que se venía conmigo, pero que llegaría antes de que él vuelva y esta decisión frustrada  iba a ser un secreto del que jamás debería enterarse. Y redondeaba el texto diciendo que no quería verme más, que no me quería hablar más, ni que le mande mensajes ni que nada. Y cerraba con una última frase que me dejó pensando, tratando de descifrar qué quiso decir.
 El ruido de la pava hirviendo, más los ladridos del perro que seguía en el balcón me distrajeron unos segundos. Tiré el agua hervida, volví a cargar la pava y la puse de nuevo al fuego. Con el destornillador hice palanca, y abrí la puerta del balcón que estaba trabada con una piedra que impedía que se deslice sobre el riel con normalidad, para que el perro entre corriendo a buscar la bandejita de alimento balanceado que estaba intacta junto con el agua desde la noche anterior, porque yo se la había dejado preparada antes de dormirme. Vacié al fin el mate, lo lavé, mientras lavaba el plato y los cubiertos de la comida de ayer. Preparé el mate con paciencia, parado al lado de la cocina para evitar que me hierva nuevamente el agua. Cuando estuvo lista, cebé el primero, y ante el sorbo caliente, fuerte y potente que me devolvió el alma al cuerpo, me llevé las cosas del mate al balcón. Con un gesto le pedí al perro que me acompañe, y entre desconcertado e incrédulo, recordé la última frase de la carta: “Porque ni yo soy para vos, ni vos para mí, Seba. Donde yo veo señales, vos ves casualidades.”
  

“Vuelvo siempre a caminar
tratando de encontrar algo.
Debí soñar o imaginar
que en la calle estás rodando,
y no es verdad que perdí mi amor
es que no sé por dónde vas,
no puedo resistir esta realidad
dame pronto una señal.
Es que tu cuerpo
va flotando por mi habitación
cierro los ojos
lo retengo en mi imaginación.”

Dame una señal, Federico Moura, Virus.



lunes, 4 de septiembre de 2017

Dos solos.

Dos solos.

Acodado en la heladera mostrador, masticaba aire con los ojos vidriosos por las cervezas. Parecía que mascaba chicle, pero ya lo había pateado después de dejarlo caer de la boca hacía como dos horas atrás, cuando se acordó que tenía que ir al baño.
Del brazo que no sostenía el vaso, le colgaba la Flaca, desde hacía varios días con sus noches si mal no recordaba. Bah, eso era lo que quería pensar. Lo miraba al Coco, el bufetero del club que hoy se estaba bancando el festival de rock y blues porque era la única manera de sumar algunos pesos a la escuálida caja de ese boliche que dejó de ser rentable desde el mismo momento en el que se hizo cargo.
El Negro era cliente habitual con los pibes del barrio, que todas las tardes se jugaban unas fichas de pool o metegol y se tomaban unas birras, mientras cinco borrachos jugaban al truco por nada, y se tomaban un vaso de vino, o de Legui cada uno, no más que eso. De comer algo, ni hablar. Capáz que un viernes de cobro alguno se clavaba uno de mila. Pero no más que eso. Los pibes eran aire fresco según la mirada de Coco, y los futuros borrachos según las doñas del barrio.
En todo eso pensaban el Negro y Coco mientras se miraban de a ratos con cara de “¿Qué estamos haciendo todavía acá?”. Pero Coco laburaba, y el Negro se dejaba apuñalar por la guitarra de Skay que atronaba rebotando en el techo de chapas de zinc desde abajo, contrastando con el ruido de la lluvia torrencial que caía de ese cielo cada vez más lejano,mientras otra banda armaba los equipos para tocar. Cada nota le traspasaba el alma, y lo llevaba a un estado de introspección que lo alejaba del club, de la gente que lo rodeaba, de las cervezas. Pero de la Flaca no, no podía alejarlo nada. Mientras, ella seguía buscando en el hombro del Negro vaya uno a saber qué, en ese frío jean de la campera.
Los buitres revoloteaban viendo al Negro medio fisura, y la miraban a la Flaca que era una de las pocas pibas del lugar, aunque los pibes que los conocían, sabían que ellos dos eran uno. Y ella ni se enteraba, porque solo retiraba la cabeza para mirarlo a él, o para tomar cerveza. El Negro no estaba tan seguro de eso, más por inseguridad propia de saberse un cachivache con todas las letras, que por algo que no le demostraba la Flaca. Seguía con él ahí, mientras se exhibía en ese mostrador como un exponente más de la juventud perdida. Eso decía la vieja de ella. Y la de él.
Entonces la miró. Al principio la escrutó con la mirada, como dándose cuenta por primera vez que esa piba estaba con él. Ella sintió su mirada como cada vez que él la miraba, y retirando la cabeza del hombro, se irguió para sostenerle la mirada. Como hacía siempre, porque la mirada del Negro hablaba más que la boca. Salvo cuando la besaba. Los ojos perdidos de la borrachera de ambos se focalizaron en esa mirada. Ahora sí: Nada más en el mundo existía. Él acercó la cabeza de ella como invitándola a escucharlo. Ella se acercó obediente, esperando que no le diga nada y la bese. Pero él habló, arrastrando las palabras como hablan los borrachos cuando van a decir algo serio.
-Flaca, decime la postalina. ¿Vos te sentís sola cuando estás así conmigo? Así, fisura. Con un mogra de más, y diez birras que me están sobrando en el balero.-
La Flaca lo miró, le apoyó los labios apenas en los labios del Negro, y mirándolo a los ojos con las narices pegadas, contestó más sobria que nunca, con la seguridad de quién se sabe la pregunta y se tiene aprendida la respuesta.
-Negro, yo me siento sola nada más cuando no te tengo cerca.-

El Negro la besó, con delicadeza, y mirando cómplice al Coco, que nunca se enteró de lo que ellos estaban hablando, y sonriendo como un pibito, le hizo la seña de que quería una birra más, y encaró para el baño. Hueso ya estaba por arrancar a cantar, y él le había pedido una para la Flaca. Y apuró el paso, no porque le importase escuchar la dedicatoria, si no para que la Flaca no se sienta sola sin él.


"...ella le dijo, 
como acostumbrábamos decir 
llévame a ver las estrellas 
llévame a decir si, si , si,si..."
"La Flaca Pili y el Negro Tomás", Guasones.



martes, 29 de agosto de 2017

Hoja en blanco

Hoja en blanco



Cuando siento que ya no tengo motivo alguno para seguir en la cama, después de taparme y destaparme incontables veces, dando cientos de vueltas para encontrar una posición que me permita seguir plácidamente acostado sin encontrarla, decido que es el momento. Me deslizo, creo que no me levanto, y después de un instante en el que mecánicamente lavo mi cara, mis dientes y pongo a calentar el agua para que los mates logren despertarme, siento que al fin estoy de pie.
En algún punto que no recuerdo, prendo la pc al mismo tiempo que el primer pucho. El agua ya está caliente, y ese primer mate casi hirviendo, de sabor fuerte y amargo, combinado con una pitada larga de esas en las que uno casi se queda sin aire, más la atención que debo poner para abrir correctamente cada programa de la pc que me ponga en condiciones de comenzar mi tarea; bueno, todas esas acciones casi logran que pueda considerarme despierto al fin.
Estoy solo en la casa, como hace siglos. Ya ni la esperanza de ir a buscar el celular a ver si hay algún mensaje de ella, o revisar en las redes sociales buscando algo que pueda interesarme. Porque casi nada me interesa. Afuera, todo es odio, peleas y hambre. Adentro, al menos mi gato y la hornalla me dan algo de calor.
Es tiempo además de cumplir con el destino que me forjé con años de preparación.  Desde niño, soñaba leyendo los cuentos que me compraba mi abuelo, que quería ser escritor. Y lo había conseguido. Notas, ensayos, cuentos. Todo ese camino estaba hecho, y la expectativa de mi agente era que este era el momento para mi novela. Uno se recibe de escritor si publica una novela, me decía una y otra vez. Claro, ella pensaba en los billetes que recibiría por el adelanto de esa, mi novela. Y yo pensaba que todo el entripado que me hacía este hombre enrevesado podía transformarse alguna vez en algo que valiese la pena ser leído. Porque para quien escribe, todo lo escrito merece ser escrito. La duda que uno tiene cuando escribe algo es si eso merece ser leído. Y no va a ser seguramente esas historias de grises vidas que pululan afuera, como la mía. Tiene que estar ahí, en ese espacio que hay entre mi perturbada cabeza y esa pantalla de fondo blanco con fondo celeste que me muestra el Word. Es mi obsesión, que ese blanco lo desborden de letras para formar palabras que le den una conformación estructuralmente eficaz para constituir un texto que valga la pena ser leído. Eso, tan simple y complejo como eso es lo que busco.
De fondo, un lejano equipo de música reproduce un viejo disco de Morphine, que me ayuda con esa insuperable combinación de bajo, saxo y batería, más una voz que balbucea palabras en un para mí inentendible inglés. Y la gata en mi regazo. Y el mate cebado y humeante. Y el pucho que está todavía, o aún, por la mitad. Y mi cabeza que se dispara con imágenes que pueden ser historias. Que para no ser autobiográficas, empiezan a ser la antítesis de lo que soy, de lo que vivo. Y entonces esas imágenes se desvanecen, al no tener el sustento necesario para desarrollarse. Porque ese no soy yo, porque no sé muy bien de qué estoy hablando cuando los personajes quieren hablar. Y entonces miro la pc, y la hoja sigue así, blanca. Y mis dedos nunca dejaron el pucho, los de la mano izquierda. Ni para cebar cada mate que los dedos de la mano derecha, la otra, acerca a mi boca para ser tomado. Y concluyo que quizás es tiempo de escribir sobre un escritor frustrado ante la hoja en blanco, agobiado por una vida gris.
 O tal vez, que será mejor volver a la cama; ahora que se enfrió el mate y el pucho es un montón de cenizas. Seguramente mañana sea un mejor día para escribir todo eso que hoy no puedo.


“Una hoja en blanco soy en el momento,
en que pienso en vos y en todo lo que fuimos.
Te extraña hasta mi alma, me duele todo el cuerpo,
y por dentro mío te lloran hasta mis huesos.”

Luciano Ludueña. “Hoja en blanco.”