lunes, 23 de marzo de 2020

Refugiado


Refugiado

Se asomó apenas por la ventana, asustado por la ausencia de ruidos que ya reconocía como familiares. El vecino que salía a correr después de las 6 de la mañana. La señora de enfrente que baldeaba a las 7 y media, indefectiblemente. El marido de esa señora, que encendía el auto a las 7:45, antes de que ella termine, pero se iba diez minutos después, exactamente cuando ella entraba, mientras el perro empezaba a ladrar rompiendo el silencio habitual de esa calle, que con las dos fábricas abandonadas que tenía, una en cada vereda, era más parecido a un callejón/vecindario, que al barrio de su infancia. ¿Sería entonces el momento?
La espera era interminable, desde que se refugió en la casa de su abuela materna, escapando de una condena segura. Ya había perdido la cuenta de cuánto había pasado allí, desterrado del mundo. Llegó con algunas cosas, y algunas cosas encontró. La abuela estaba de viaje, Europa el destino. Tenía para varios meses de resguardo asegurado allí, y quienes lo buscaban no lo iban a encontrar jamás en ese rincón perdido del Universo. Cuando se le terminó la merca, supo que debía aprovechar para dejarla, porque era una de las razones que lo llevaron ahí. El faso le duró un poco más, mitad porque el frasco era grande, mitad porque primero se tomó toda la frula. El problema, después de terminado el alcohol que había aniquilado cuando esnifó hasta lo que no tenía, fue que cuando quiso arrancar por la vida sana, se dio cuenta de que tenía poca yerba. Bah, poca no. Pero cuando estás encerrado, el mate es la única manera de pasar el tiempo, el hambre y la ansiedad. Y ahí fue que se preocupó realmente. Debía salir, aunque no había definido el cómo y el cuándo.
Hay adicciones que uno puede manejar, y otras que son las que lo manejan a uno. Se puso la campera de jean, cómo si eso sirviera para protegerlo del viento frío de esa calle que había cambiado su clima después de tantos días de encierro. Se fijó si tenía plata en los bolsillos del pantalón, que se volvió a poner después de andar tanto tiempo en short, que hasta sentía la incomodidad del roce en las rodillas. En el bolsillo de atrás, tres papelitos con cuatro números telefónicos, que le hicieron sentir el alivio de no haberlos perdido. El del amigo que lo iba a salvar en caso de que sea necesario,  el de las dos personas que más amaba en el mundo, y el de ella. No los iba a molestar, bastante los jodió tomando decisiones erradas. Y seguramente ella lo odiaba, o al menos eso le iba a decir, porque las personas que uno más ama, son muy crueles para hacernos sentir cuando la cagamos. Y algunos, siempre la cagamos.
Al fin encontró el billete que buscaba, y pensó que era el momento de salir: las tres de la tarde es el momento en que la gente pone el piloto automático, y nadie ve nada. Se la iba a jugar, ya no le importaba lo que pudiese pasar. Abrió la puerta que daba a la calle, que rechinó sus bisagras como si hiciera semanas que no se hubiese abierto. Y posiblemente eso era así, aunque no podía discernir esas cuestiones. Asomó la caripela como cuando de pibes salíamos del lugar en el que estábamos escondidos para librar a todos los compañeros, después de esperar interminables minutos, mirando para todos lados, y con el cuore latiendo fuerte por la adrenalina de tal vez ser descubiertos.
Salió al fin, las manos temblorosas de los nervios, buscando calor en los bolsillos de la campera. No llegó a caminar ni cinco pasos, cuando una luz de una sirena iluminó de azul la cuadra. Ese segundo eterno lo hizo dudar si correr, o entregarse mansamente a su destino. Ganó en su cabeza la primera opción, y cuando estaba por pegar el pique quien sabe adónde, la sirena lo inmovilizó, bloqueado por el miedo a ser acribillado por la espalda. Antes de darse vuelta, pensando todavía que se estaba despidiendo de la nada misma, regalado en esa calle vacía, sólo se le cruzó el recuerdo de esos tres papelitos de colores, esos tacos de anotación que lo podían haber salvado. O al menos, podían haber servido para irse con la tranquilidad de que el amigo, los pibes, o ella al menos, sepan cuanto los amaba, a pesar de haber sido lo que siempre fue. Con los ojos llenos de lágrimas, agachaba la cabeza cuando empezó a sentir que alguien modulaba un Handy, y de las bocinas del patrullero, una voz mecanizada y poco definida, le pedía que regrese a su domicilio, del que lo habían visto salir recientemente. Que la disposición del gobierno sobre el aislamiento y la cuarentena era inviolable. Y que de no hacerlo, sería detenido.
Con un gesto entre adusto y resignado, levantó su mano sin mirar al patrullero, y se pegó la vuelta al trotecito, haciéndose el boludo como solía acostumbrar. Tenía una chance más, aunque tenga que secar la yerba usada. O no tenga cómo puta llamar a esos cuatro números telefónicos.


"...Cuando estés bien en la vía
sin rumbo, desesperao.
Cuando no tengas ni fe
ni yerba de ayer secándose al sol..."


Yira, Yira. Enrique Santos Discépolo



lunes, 30 de julio de 2018

La Promesa

                                         La Promesa



Se despertó esa mañana distinto a como se despertaba habitualmente. La radio que lo acompañaba cuando dormía, y que muchas veces le guiaba lo que soñaba, cantaba la noticia que anunciaba que el tren que surcaba su ciudad, ahí nomás de su casa, estrenaba la electrificación de su servicio de terminal a terminal. Entonces decidió que ese era el día en el que cumpliría la promesa.
Le había dicho a ella que pronto la vería, y esta noticia lo ponía en el compromiso casi inevitable de convertir en hecho lo que la lengua había garantizado. Venía gambeteando la promesa desde hacía tiempo, siempre buscando excusas que ni él se creía, convenciéndose de que mañana o pasado lo haría. Ahora ya no tenía excusas, o en realidad tenía la excusa justa para no dejar pasar un día más. Así que con la habitualidad con la que lo hacía, pero con las ganas renovadas, puso la pava a calentar en la hornallita mientras cumplía el ritual mañanero de la ducha y el acicalado. La antigua jarrita de aluminio en la que guardaba la brocha, y la desgastada máquina a la que le puso la hojita de afeitar nueva que tenía guardada hace rato, serviría también de recipiente para contener el agua tibia, y para quitar la espuma y los restos del afeitado que iban quedando en la afeitadora a cada paso. Esta vez con más detenimiento en cada detalle del bigote y las patillas, aprovechando el radiante brillo del sol que entraba por la ventanita abierta para ver mejor ese rostro que hoy notaba renovado, y saliendo impecable justo cuando el agua empezaba a alborotarse por el inminente hervor que no llegaría a concretarse, quedando en el punto justo para que ese primer amargo con un toque de café le dé el impulso que le faltaba. La radio ya no era una compañera que le hablaba, si no la fuente de la que brotaba un tanguito o un blues, según el ánimo de ese programador que ya sentía un amigo, y que estaba convencido de que musicalizaba pensando en él. Los mates lo animaron hasta que se enfrió el agua un poco, pretexto suficiente para dejar ese rito y vestirse para salir. No tenía muchas pilchas en el ropero para elegir, así que se decidió por el traje que estuviese menos perjudicado por el paso del tiempo. Planchó la camisa silbando esa melodía de 2x4, y eligió la corbata que ella una vez le había elogiado, para terminar la tarea del apronte con un toque de ese perfume cuyo frasquito se mostraba casi seco.
Un último repaso de la pinta en el espejo del pasillo que lleva a la puerta de salida lo dejó conforme, y arrancó para la estación. La sonrisa la tenía dibujada, y ese ramito de azahares que rescató del jardín de la vecina cuando salía, completaba el cuadro perfecto de un tipo que se iba a encontrar con el amor. No importaba cuántos años cargaba, o sí su mejor su traje fuese de un estilo que ya tenía más de 30 años de estar pasado de moda. Era la actitud. O sólo eso: era su sonrisa dibujada y ese ramito.
Las poquitas cuadras que lo separaban a la estación las hizo en el aire, caminando sobre sus mejores recuerdos. Ni siquiera reparó en el palco oficial ni en las cámaras y periodistas que colmaban ese andén arreglado para el acto oficial, llenos de vecinos curiosos, políticos oportunistas, y empresarios inescrupulosos. Nada le importaba, solo saber que él cumpliría con su palabra. Obnubilado, apenas escuchando ese murmullo, sus sueños y recuerdos le llenaban la mente con la imagen de ella que lo esperaba. Solo un aplauso lo hizo atender lo que pasaba ahí cerquita suyo, porque eso indicaba que el circo estaba finalizando, y que el pitido daría la señal para que la máquina imponente y renovada comience a moverse. Camino unos pasos alejándose de la multitud un poquito más, casi hasta el primer paso a nivel. Y vió avanzar ese gigante de metal hacia donde él esperaba.

Algunos dicen que miró hacia arriba. Otros que miró hacia abajo. Los demás testigos dicen que no tuvo gesto alguno antes de acostarse sobre las vías con el ramito apretado contra el pecho. Todos dicen que nunca dejó de sonreír, convencido de que ya casi estaba con ella.



jueves, 8 de marzo de 2018

Punto de quiebre

                                       Punto de quiebre

Me desperté sobresaltado, por el rayo de sol que dejaba entrar la persiana apenas abierta, que justo me daba en la cara, entre ceja y ceja. No podía cerrarla porque se terminó de trabar la puerta que da al balcón anoche cuando decidí entrar y acostarme, y por  suerte se trabó cerrada. Manoteé el radio despertador, y titilaba a las 00:00. La puta madre, pensé. Se cortó la luz, por eso no sonó esta mierda. Estiré el brazo sin darme vuelta todavía, para confirmar que no, que ella no estaba, que no había venido. Ya lo sabía, pero intentar abrazar el hueco de su ausencia me lo confirmaba. Pensaba eso, y pensaba que hasta en los pensamientos uno roba frases de canciones para explicarse mejor. 
Decidí entonces levantarme, y encender la tv para ver la hora. Todavía no era tan tarde, y aún tenía el permiso del jefe para no ir, se me cruzó por el bocho. Pero ya está, algún dia tengo que volver a laburar, que sea hoy así dejo de pensar todo el tiempo en lo mismo.
Hace una semana, o más, en esta misma mesa en la que me siento a tomar mates mientras la tele le presenta noticias a nadie, ella me dijo que ya no aguantaba más. Que tenía que elegir: o se venía conmigo; o aceptaba la propuesta del novio, se metían en ese crédito hipotecario y se casaba. Que era una situación compleja para ella, que le dé unos días, que necesitaba tiempo y espacio. Que me amaba, pero también lo amaba a él. Que había llegado el momento de decidir, y que no quería que nada ni nadie interfiriese en su decisión, y que esta era la definitiva. Que si elegía estar conmigo iba apostar todo a eso, pero si  no, no me quería ver más, ni llamarme, ni escribirme, ni nada. Y yo, renunciando a mi dignidad y amor propio, la dejé ir llevándose mi promesa de amor eterno y de resignada espera. Y esa fue la última vez que la ví…Desde ese día la espero, después de que mi jefe me dijera que me venga a casa, porque era más un estorbo que una ayuda en la dependencia. Andá y vení cuando soluciones eso, me dijo. Y yo me fui, sabiendo que no sabía si “eso” tuviese solución alguna.
Y ella no vino, y creo que ya no va a venir. Así que hoy empieza mi vida sin ella, me digo mientras apuro el mate antes de salir. No tengo nada preparado, así que tengo que hacer todo a las corridas. Una ducha rápida, y listo. Me lavo los dientes y la cara por inercia, ni me miro al espejo. Lo primero que reviso, es que el celular tenga carga para poder ir escuchando música en el bondi, y me doy cuenta que el perrito destruyó el cable de los auriculares. Voy a reprender al perro y no lo encuentro por ningún lado, y de la bronca por lo que hizo, ni me caliento en buscarlo. Voy a salir así, casi sin tomar mates y sin música, algo que en otro momento me hubiese hecho quedarme sin dudarlo, pero tengo que salir, para dejar de pensar un rato. Cuando voy a cerrar, me doy cuenta que tengo la copia de la llave que no cierra a veces de afuera, porque la original se la di a ella. Me quedo, pienso durante un segundo, no puedo dejar abierto. No, no me quedo nada, me respondo. Le aviso al encargado y que esté atento. Bajo, y desde el palier le toco el timbre para avisarle, y no me responde. Insisto, y nada. Me voy igual, pienso. Nada me va a parar. Salgo a tomar el bondi, y cuando estoy por llegar a la parada, pasa el colectivo que me deja en el laburo, sin frenar. Ya son como las 10, y normalmente entro a las 8, pero no quiero que eso me venza. Espero el otro, que pasa indefectiblemente 40 minutos después, y cuando tiene que cruzar el riachuelo, un corte en el puente se lo impide. Entonces me bajo, y decido que me voy a tomar el día hoy también, aunque no se haya solucionado nada. Aunque justo venga el bondi que me devuelve a casa por la mano contraria,  no renuncio a la idea de no volver, y me voy a la plaza más cercana a pasar el resto de la tarde. Y ahí me quedo pensando en mí, en qué voy a ser con los proyectos interrumpidos o dejados de lado. Con mi laburo y con mis sueños. Y así, haciendo una introspección muy superficial,  paso el rato hasta que pego la vuelta, tal vez con una especie de sensación de alivio, tal vez creyendo “eso” solucionado de alguna manera. Tal vez porque quiero tomar mates, y ya.
Cuando llego a casa, me encuentro con la puerta cerrada. El pecho me estallaba de la presión que ejercía cada latido del corazón. Esto podía significar dos cosas: que el encargado se haya dado cuenta de que estaba la puerta abierta y la cerró con su copia, o que haya vuelto ella. Dos segundos me quedé frente a la puerta inmóvil, estúpido e inerte, cuando justo bajaba por la escalera el encargado. Me miró parado frente a la puerta, buscando mi llave en los bolsillos, y antes de que pueda preguntarle algo, me dice que por favor no vuelva a dejar el perro en el balcón, que ladró toda la tarde seguramente de hambre, y que los vecinos se quejaron. Le pregunto por qué no entró, que estaba abierto. Y me dijo que cómo iba a saberlo, y que él no entra si el dueño no se lo pide específicamente.
Entonces sonreí, ante la mirada atónita del encargado que no entendía nada, o quizás se sorprendía por esa mueca idiota que seguramente se me marcaba en el rostro, porque eso respondía mi duda: la puerta la cerró ella. Lo dejé al encargado hablando solo prácticamente, y entré. Fui temeroso a la habitación, y nada. Fui al baño, temblando. Nada. Dos ambientes no te dan muchas más chances de buscar. Desconcertado fui a buscar la pava para poner el agua, y ahí, abajo del mate encontré una nota. Una carta mejor dicho, porque eran dos hojas grandes, plagadas de palabras. No estaba equivocado: ella había venido. La necesidad de tomar mates funcionó como excusa para esquivar unos segundos esos párrafos que definirían mi vida. Puse la pava en el fuego, y me senté a leer. De manera muy formal, dejando escapar muchas excusas y algún sentimiento poco creíble, ella me decía que no me podía mentir, que nunca lo había hecho, y que mucho menos lo iba a hacer en esta oportunidad. Que vino decidida a quedarse conmigo, que esperaba que yo esté acá esperándola, porque antes de venir llamó a mi trabajo y le dijeron que yo estaba acá, porque tenía un problema personal, y me habían autorizado a quedarme hasta que se solucione. Que entonces eso le dio el último empujoncito, y se vino decidida. Que cuando llegó se encontró con la puerta abierta, y era una señal más de que la estaba esperando. Que entró y no me encontró, y que al escuchar ladrar al perro en el balcón, intentó abrir la puerta ventana pero que estaba trabada, que se había trabado porque yo no la había revisado y arreglado como me dijo ella hace casi dos meses. Y vió la cama deshecha, la tele prendida y las cosas del mate arriba de la mesa de la cocina, todo tal cual ella siempre me dijo que odiaba que lo deje. Y el plato sucio en la pileta. Y el baño todo salpicado y con agua por no secarlo. Y la pasta de dientes apretada por la mitad, no desde la base, destapada. Que eso no le dejaba dudas de que ahora hacía lo que siempre quise hacer, y que ya estaba viviendo con ella fuera de mi vida. Todo eso, pero sobre todo la animalada de dejar al perro afuera, le había hecho revertir su decisión. Que evidentemente yo era quien quería ser sin ella, y que no tenía derecho a cambiar eso. Y que volvía con el novio, que nunca se enteró de que ella había venido, porque salió después de que él se fuera a trabajar dejándole una nota para decirle que se venía conmigo, pero que llegaría antes de que él vuelva y esta decisión frustrada  iba a ser un secreto del que jamás debería enterarse. Y redondeaba el texto diciendo que no quería verme más, que no me quería hablar más, ni que le mande mensajes ni que nada. Y cerraba con una última frase que me dejó pensando, tratando de descifrar qué quiso decir.
 El ruido de la pava hirviendo, más los ladridos del perro que seguía en el balcón me distrajeron unos segundos. Tiré el agua hervida, volví a cargar la pava y la puse de nuevo al fuego. Con el destornillador hice palanca, y abrí la puerta del balcón que estaba trabada con una piedra que impedía que se deslice sobre el riel con normalidad, para que el perro entre corriendo a buscar la bandejita de alimento balanceado que estaba intacta junto con el agua desde la noche anterior, porque yo se la había dejado preparada antes de dormirme. Vacié al fin el mate, lo lavé, mientras lavaba el plato y los cubiertos de la comida de ayer. Preparé el mate con paciencia, parado al lado de la cocina para evitar que me hierva nuevamente el agua. Cuando estuvo lista, cebé el primero, y ante el sorbo caliente, fuerte y potente que me devolvió el alma al cuerpo, me llevé las cosas del mate al balcón. Con un gesto le pedí al perro que me acompañe, y entre desconcertado e incrédulo, recordé la última frase de la carta: “Porque ni yo soy para vos, ni vos para mí, Seba. Donde yo veo señales, vos ves casualidades.”
  

“Vuelvo siempre a caminar
tratando de encontrar algo.
Debí soñar o imaginar
que en la calle estás rodando,
y no es verdad que perdí mi amor
es que no sé por dónde vas,
no puedo resistir esta realidad
dame pronto una señal.
Es que tu cuerpo
va flotando por mi habitación
cierro los ojos
lo retengo en mi imaginación.”

Dame una señal, Federico Moura, Virus.



lunes, 4 de septiembre de 2017

Dos solos.

Dos solos.

Acodado en la heladera mostrador, masticaba aire con los ojos vidriosos por las cervezas. Parecía que mascaba chicle, pero ya lo había pateado después de dejarlo caer de la boca hacía como dos horas atrás, cuando se acordó que tenía que ir al baño.
Del brazo que no sostenía el vaso, le colgaba la Flaca, desde hacía varios días con sus noches si mal no recordaba. Bah, eso era lo que quería pensar. Lo miraba al Coco, el bufetero del club que hoy se estaba bancando el festival de rock y blues porque era la única manera de sumar algunos pesos a la escuálida caja de ese boliche que dejó de ser rentable desde el mismo momento en el que se hizo cargo.
El Negro era cliente habitual con los pibes del barrio, que todas las tardes se jugaban unas fichas de pool o metegol y se tomaban unas birras, mientras cinco borrachos jugaban al truco por nada, y se tomaban un vaso de vino, o de Legui cada uno, no más que eso. De comer algo, ni hablar. Capáz que un viernes de cobro alguno se clavaba uno de mila. Pero no más que eso. Los pibes eran aire fresco según la mirada de Coco, y los futuros borrachos según las doñas del barrio.
En todo eso pensaban el Negro y Coco mientras se miraban de a ratos con cara de “¿Qué estamos haciendo todavía acá?”. Pero Coco laburaba, y el Negro se dejaba apuñalar por la guitarra de Skay que atronaba rebotando en el techo de chapas de zinc desde abajo, contrastando con el ruido de la lluvia torrencial que caía de ese cielo cada vez más lejano,mientras otra banda armaba los equipos para tocar. Cada nota le traspasaba el alma, y lo llevaba a un estado de introspección que lo alejaba del club, de la gente que lo rodeaba, de las cervezas. Pero de la Flaca no, no podía alejarlo nada. Mientras, ella seguía buscando en el hombro del Negro vaya uno a saber qué, en ese frío jean de la campera.
Los buitres revoloteaban viendo al Negro medio fisura, y la miraban a la Flaca que era una de las pocas pibas del lugar, aunque los pibes que los conocían, sabían que ellos dos eran uno. Y ella ni se enteraba, porque solo retiraba la cabeza para mirarlo a él, o para tomar cerveza. El Negro no estaba tan seguro de eso, más por inseguridad propia de saberse un cachivache con todas las letras, que por algo que no le demostraba la Flaca. Seguía con él ahí, mientras se exhibía en ese mostrador como un exponente más de la juventud perdida. Eso decía la vieja de ella. Y la de él.
Entonces la miró. Al principio la escrutó con la mirada, como dándose cuenta por primera vez que esa piba estaba con él. Ella sintió su mirada como cada vez que él la miraba, y retirando la cabeza del hombro, se irguió para sostenerle la mirada. Como hacía siempre, porque la mirada del Negro hablaba más que la boca. Salvo cuando la besaba. Los ojos perdidos de la borrachera de ambos se focalizaron en esa mirada. Ahora sí: Nada más en el mundo existía. Él acercó la cabeza de ella como invitándola a escucharlo. Ella se acercó obediente, esperando que no le diga nada y la bese. Pero él habló, arrastrando las palabras como hablan los borrachos cuando van a decir algo serio.
-Flaca, decime la postalina. ¿Vos te sentís sola cuando estás así conmigo? Así, fisura. Con un mogra de más, y diez birras que me están sobrando en el balero.-
La Flaca lo miró, le apoyó los labios apenas en los labios del Negro, y mirándolo a los ojos con las narices pegadas, contestó más sobria que nunca, con la seguridad de quién se sabe la pregunta y se tiene aprendida la respuesta.
-Negro, yo me siento sola nada más cuando no te tengo cerca.-

El Negro la besó, con delicadeza, y mirando cómplice al Coco, que nunca se enteró de lo que ellos estaban hablando, y sonriendo como un pibito, le hizo la seña de que quería una birra más, y encaró para el baño. Hueso ya estaba por arrancar a cantar, y él le había pedido una para la Flaca. Y apuró el paso, no porque le importase escuchar la dedicatoria, si no para que la Flaca no se sienta sola sin él.


"...ella le dijo, 
como acostumbrábamos decir 
llévame a ver las estrellas 
llévame a decir si, si , si,si..."
"La Flaca Pili y el Negro Tomás", Guasones.



martes, 29 de agosto de 2017

Hoja en blanco

Hoja en blanco



Cuando siento que ya no tengo motivo alguno para seguir en la cama, después de taparme y destaparme incontables veces, dando cientos de vueltas para encontrar una posición que me permita seguir plácidamente acostado sin encontrarla, decido que es el momento. Me deslizo, creo que no me levanto, y después de un instante en el que mecánicamente lavo mi cara, mis dientes y pongo a calentar el agua para que los mates logren despertarme, siento que al fin estoy de pie.
En algún punto que no recuerdo, prendo la pc al mismo tiempo que el primer pucho. El agua ya está caliente, y ese primer mate casi hirviendo, de sabor fuerte y amargo, combinado con una pitada larga de esas en las que uno casi se queda sin aire, más la atención que debo poner para abrir correctamente cada programa de la pc que me ponga en condiciones de comenzar mi tarea; bueno, todas esas acciones casi logran que pueda considerarme despierto al fin.
Estoy solo en la casa, como hace siglos. Ya ni la esperanza de ir a buscar el celular a ver si hay algún mensaje de ella, o revisar en las redes sociales buscando algo que pueda interesarme. Porque casi nada me interesa. Afuera, todo es odio, peleas y hambre. Adentro, al menos mi gato y la hornalla me dan algo de calor.
Es tiempo además de cumplir con el destino que me forjé con años de preparación.  Desde niño, soñaba leyendo los cuentos que me compraba mi abuelo, que quería ser escritor. Y lo había conseguido. Notas, ensayos, cuentos. Todo ese camino estaba hecho, y la expectativa de mi agente era que este era el momento para mi novela. Uno se recibe de escritor si publica una novela, me decía una y otra vez. Claro, ella pensaba en los billetes que recibiría por el adelanto de esa, mi novela. Y yo pensaba que todo el entripado que me hacía este hombre enrevesado podía transformarse alguna vez en algo que valiese la pena ser leído. Porque para quien escribe, todo lo escrito merece ser escrito. La duda que uno tiene cuando escribe algo es si eso merece ser leído. Y no va a ser seguramente esas historias de grises vidas que pululan afuera, como la mía. Tiene que estar ahí, en ese espacio que hay entre mi perturbada cabeza y esa pantalla de fondo blanco con fondo celeste que me muestra el Word. Es mi obsesión, que ese blanco lo desborden de letras para formar palabras que le den una conformación estructuralmente eficaz para constituir un texto que valga la pena ser leído. Eso, tan simple y complejo como eso es lo que busco.
De fondo, un lejano equipo de música reproduce un viejo disco de Morphine, que me ayuda con esa insuperable combinación de bajo, saxo y batería, más una voz que balbucea palabras en un para mí inentendible inglés. Y la gata en mi regazo. Y el mate cebado y humeante. Y el pucho que está todavía, o aún, por la mitad. Y mi cabeza que se dispara con imágenes que pueden ser historias. Que para no ser autobiográficas, empiezan a ser la antítesis de lo que soy, de lo que vivo. Y entonces esas imágenes se desvanecen, al no tener el sustento necesario para desarrollarse. Porque ese no soy yo, porque no sé muy bien de qué estoy hablando cuando los personajes quieren hablar. Y entonces miro la pc, y la hoja sigue así, blanca. Y mis dedos nunca dejaron el pucho, los de la mano izquierda. Ni para cebar cada mate que los dedos de la mano derecha, la otra, acerca a mi boca para ser tomado. Y concluyo que quizás es tiempo de escribir sobre un escritor frustrado ante la hoja en blanco, agobiado por una vida gris.
 O tal vez, que será mejor volver a la cama; ahora que se enfrió el mate y el pucho es un montón de cenizas. Seguramente mañana sea un mejor día para escribir todo eso que hoy no puedo.


“Una hoja en blanco soy en el momento,
en que pienso en vos y en todo lo que fuimos.
Te extraña hasta mi alma, me duele todo el cuerpo,
y por dentro mío te lloran hasta mis huesos.”

Luciano Ludueña. “Hoja en blanco.”




martes, 7 de junio de 2016

Etéreo

                                    ETÉREO

Llegó hasta ahí, hasta ese punto, hasta ese lugar, ni sabía cómo. Sentado en esa mesa, en ese bar al que entró porque el agotamiento le había impedido llegar más allá, sintió que hasta ahí llegaba, que renunciaba. El peso, la opresión sobre sus hombros, esa espalda que cargaba una mochila sufriente y monolítica, que no se veía pero se soportaba de manera casi irracional, porque sí, porque ahí estaba. 
Miraba el café que humeaba, largando los últimos indicios de calor, porque seguro que sólo estaba tibio, estancado hacía largos minutos sin que sus dolientes brazos llevaran sus manos para pegarle un sorbo. O tal vez esperaba que se evapore, y en el fondo de ese café, la borra leída le diese las coordenadas correctas para seguir ese rumbo que a los tumbos lo llevaba a ningún lado desde hace años, ya ni recuerda cuántos. Sin quitar la vista del líquido negro, apenas humeante, comenzó una mirada retrospectiva interna, algo que cree haber hecho miles de veces, pero que siempre uno hace cuando el mundo que nos rodea es una bota pisándonos la nuca.
 Y entonces pensó si habrá sido cuando empezó a preocuparse por la pilcha que llevaba puesta, en lugar de seguir embarrándose mientras corría atrás de una pelota con los pibes del barrio. Y concluyó que no, que ese pibe todavía seguía en él. Pensó entonces en cuando terminó la secundaria, y ese flaco despreocupado que sólo se dedicaba a los libros, a la utopía de una sociedad más justa, y a las pibas más lindas del barrio, tuvo que ir a laburar bajo patrón, con horarios inflexibles y sueldos indignos. Y los libros que leía por placer, pasaron a ser libros específicos que debía leer si alguna vez quería dejar de ser explotado. O en realidad, en el mejor de los casos, sentirse menos explotado. Y la música que disfrutaba tocar, vivir, pasó a ser un recuerdo, porque las obligaciones no saben de ensayos, y la economía de guerra no conoce de conciertos.
Se estaba poniendo pesado el análisis. Más cuando pensó que todo debe haber comenzado cuando en esa temprana edad, la noviecita quedó embarazada, y el fruto fue ese hermoso pibe que hoy ya es un hombre y lo hizo abuelo. O cuando esa noviecita dejó de ser su mujer, yéndose con alguien mejor porque en realidad nunca habían sido pareja, si no sólo padres .Mejor para ella. Y desde entonces nunca más enderezó su vida amorosa, y sigue hasta hoy un zigzagueo indescifrable en el que está más solo que la luna. O cuando se quedó sin laburo, y tuvo que volver a la casa de los viejos, vencido, derrotado. O ayer mismo, cuando salió a ganarse el mango en la calle, y se dio cuenta que ni eso puede hacer, porque esta ciudad está llena, repleta, invadida de gente como él, rendida, vencida, desesperanzada, agobiada, oprimida, desanimada, defraudada, abatida, derrumbada, abusada, gastada, sometida. Muerta en vida, pensó para rematar la desazón de su conclusión. 
Con los ojos duros, sin reacción, marchitos, clavados en el café todavía, los hombros apuntando a esa mesa por el peso, sintió un estruendo. Una explosión metálica, una cadena que se corta y provoca un sonido que asusta. Lo siguió un aleteo indescriptible, un batir de alas tenebroso, de cuervos y carroña.Se cubrió la cabeza pensando que se le caía algo, el ventilador de techo o el cielorraso, andá a saber. Miró a su alrededor y nadie se inmutó. Se sorprendió que el miedo le haya dado esa agilidad en los brazos para cubrirse, cuando hasta hacía unos segundos parecían cargar una cruz más pesada que la del Cristo aquél del lejano catecismo , hecha con durmientes de quebracho colorado, abulonada y remachada con hierro. Se dio cuenta al mirar que las cosas habían recuperado un color que antes no distinguía. La ventana regalaba un reflejo soleado que iluminaba esos árboles mitad verde y mitad ocre de hojas secas que permite disfrutar esta época del año. Y comprendió que el estruendo había sido en él, adentro. Y notó que algo, el ancla que lo detenía desde hace tiempo, perdió su amarre. La espalda volvió a sentirse como alguna vez, fuerte y resistente. Las manos, veloces y fuertes, casi rompen el bolsillo del jean en el que rebuscó los últimos mangos que le quedaban para pagar el café. Las piernas lo empujaron hacia arriba de un salto, parándose como resorte. Se sintió increíblemente bien, y volvió a la calle, caminando mientras tras de sí sentía caer cosas que ni sabía que venía arrastrando. Como ocurre siempre, ya no se preguntó por qué estaba así, porque la introspección es cosa de la gente no sabe lo que le pasa.
 Y se fue así, cuesta  arriba del Bajo hacia el Centro, caminando sin pisar el suelo.

“…Algunas veces, mejor no preguntar
por una vez que algo sale bien
si todo empieza y todo tiene un final
hay que pensar que la tristeza también
se va,
se va,
se fue.”


Jorge Drexler, “SE VA, SE VA, SE FUE”                                                                                       


jueves, 26 de mayo de 2016

Humo

                                               HUMO

Apenas podía ver, los ojos llenos de lágrimas. De impotencia, de tristeza, de resignación. Del humo, del producto de esas gomas quemadas acumuladas ahí, a pocos metros de donde él estaba, sosteniendo con el cuerpo lo que repartía con la jeta. Otra vez, la resistencia era la herramienta con la que se defendía ante la opresión sostenida. Otra vez, pensaba, sin darse cuenta que sólo era una sola vez, la que le tocó desde que nació. Y así se hizo, combativo por inercia, arrastrado a ello por la realidad diaria que le había tocado en el reparto de naipes de ese mazo marcado que es la timba de la vida. Pero no iba a aflojar, aunque peleaba casi por costumbre nomás.
Por esa tradición de lucha, caminaba entre la gente viendo que todo estuviese en orden, que nadie se desbande ni que sufra algún altercado, un poco por cierta responsabilidad que había asumido, y otro poco porque sabía que estas cosas pueden volverse tediosas, y llevar horas, que viene gente de diversos extractos y lugares, y que el roce es algo inevitable cuando se discuten estrategias. De repente, después de refregarse los ojos para limpiar ese malestar que se había vuelto lágrima, algo le cambió el semblante. Desde ese mar de rostros cansados, le pareció ver un par de ojos que creía recordar. Y creyó que esos ojos lo habían encontrado también a él. Y en ese microsegundo en el que ambos creyeron en el milagro del encuentro, sus ojos se fundieron en una breve mirada que los empujó a buscarse. Y entre empellones de él, y la trabajosa búsqueda de ella gambeteando gente sin perderlo de vista, la eternidad fue ese segundo, ese minuto que demoraron en estar cara a cara. Ella avanzó, y le tomó las manos. Él, con un leve retraso en la reacción, pero definitivamente más expresivo, no dudo en darle un abrazo que era el abrazo de la lava cuando viaja cuesta abajo. La abrazó hasta que sintió que le abrazaba los huesos. Hasta que sintió que a ella le dolía tanto como a él le dolía el tiempo que hacía que no la veía. La abrazó hasta que sintió que no le quedaba aire, entre el abrazo y el humo que ahora era telón de fondo para esa escena absolutamente insólita para esa manifestación lumpen según la mirada de los que nada entienden de manifestaciones. Y al soltarla, pudo ver ahora sí su rostro en detalle, más allá de la hondura de sus ojos, hasta ahí lo único que había podido distinguir. Y sí. Ella seguía siendo ella. Distinta, pero ella. Más grande, pero ella. Una mujer ahora, pero ella. Y dudó entonces si ella veía eso en él, hasta que ella le largó el sentido “Estás igual…”, en un suspiro alivianado por esa voz que estaba más gastada, pero seguía siendo de ella. Y entonces respiraron juntos, tratando de decir lo que sentían sin decir nada que arruine ese momento único, milagros que ni en sus sueños más nostálgicos e idealistas, se les hubiese ocurrido.
Entonces él tuvo una revelación, un sacudón de luz, una palabra que llegó de no sabe dónde, pero que le quemaba por dentro. Y supo que encontrarla era parte de su suerte, de esa suerte que los que la filosofan en ojotas, mate en mano, llaman destino. Con suavidad, la apartó unos centímetros sin soltar sus manos, y trayéndola de nuevo hacia él, la besó dulcemente como cuando eran una sola cosa, veinte años atrás, o en otra vida según como lo vea cada quién, y la soltó, ahora sí. Y dándose media vuelta, sin mirar atrás cómo si al volverse pudiese convertirse en estatua de sal, se fue mientras que con la mirada buscaba seguir ordenando ese desorden que lo rodeaba, y guardándose para sí las sensaciones. Ella seguía siendo ella, pensó. Así que para él, nada cambiaba.
Solo el alivio de que ella seguiría siendo el horizonte, ese punto imaginario al que nunca llegaría, pero que buscaría alcanzar mientras pudiese caminar. Aunque el humo le llene los ojos de lágrimas, porque a algo hay que echarle la culpa.



"...Estoy tratando de decirte que

me desespero de esperarte, 

que no salgo a buscarte porque sé,

que corro el riesgo de encontrarte;..."

TODAVÍA UNA CANCIÓN DE AMOR, 

¿SABINA?/¿CALAMARO?